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CUARTO CUADERNO DE ECOLOGÍA POLÍTICA - PARTE 3

Crítica ecologista del extractivismo




 


Resumen Parte 3 del Volumen IV

Esta Parte 3 del cuarto volumen de los Cuadernos examina el impacto del extractivismo, especialmente en América Latina, desde la perspectiva de la ecología política. Se argumenta que el modelo económico dominante, basado en un productivismo sin límites, ha llevado a la explotación de los recursos naturales y a la degradación ambiental, generando consecuencias ecosociales devastadoras. Se analizan las prácticas extractivas, como la megaminería y el modelo agroindustrial, y se critica el uso del término "sostenible" para justificar actividades que, en realidad, son insostenibles. Finalmente se formula un llamado a una transición hacia un modelo de desarrollo ecosocial, que priorice la justicia social y ambiental, el cuidado del ambiente y la sostenibilidad.


Introducción: Del productivismo al extractivismo

Desde sus orígenes - en el siglo XVI - el paradigma que ha dominado nuestra cultura confirió prioridad existencial a la expansión (económica y geográfica) y a la conquista de la naturaleza. Las instituciones de los Estados se orientaron entonces a garantizar dicha prioridad, conduciendo - en conjunto - a una desenfrenada mercantilización de todos los ámbitos de la vida natural y social, como así también a una creciente acumulación y concentración del capital. La consecuencia directa sobre las áreas periféricas, semiperiféricas y las “arenas exteriores” del sistema-mundo, [1] fue el establecimiento de un colosal mecanismo centrípeto de redistribución de recursos: el extractivismo.

En los últimos tres siglos la triada productivismo-consumismo-extractivismo condujo a un incremento de la influencia humana en el planeta Tierra alcanzando niveles cuali y cuantitativos de tal magnitud que - tal como lo ha sostenido Paul Crutzen[2] - han conducido al fin del Holoceno y el ingreso a una nueva era geológica: el Antropoceno; era en la que se destaca el siglo XX durante el cual, la actividad humana se expandió sin cesar, alcanzando niveles nunca imaginados. Con mayor precisión podemos afirmar que fue la década del año 1950[3], la que marcó un punto de inflexión a partir del cual, el sistema-mundo capitalista aceleró decididamente su marcha en rumbo de colisión contra los límites naturales del planeta, generando una crisis ecosocial de carácter global.

En los últimos 65 años, los seres humanos hemos transformado los ecosistemas más rápida y extensamente que en ningún otro período de tiempo, de los más de dos millones de años de evolución humana sobre la Tierra. La década del año 1950 bien puede ser identificada como un punto de inflexión en cuanto al aumento de la actividad humana y sus consecuencias, década en la cual, la mayor parte de las actividades de producción y consumo comenzaron a crecer exponencialmente impulsadas por la explosión consumista de postguerra y como contrapartida, comenzaron también a incrementarse exponencialmente nuestros impactos ambientales (ver gráficos elaborados por el “Programa Internacional Geosfera – Biosfera”[4]), instalándose en una escala global que nos ha traído hasta este presente en el que vivimos como si dispusiéramos de 1,5 planetas Tierra, tal como ha sido demostrado bajo el concepto de Huella Ecológica[5].

Al comparar biocapacidad[6] y huella ecológica a nivel de países se puede constatar la existencia de los mecanismos centrípetos de redistribución de recursos sobre los que se asienta el sistema-mundo capitalista lo cual permite diferenciar claramente deudores de acreedores ecológicos.

Los siguientes gráficos[7] correspondientes a los países centrales (industrializados) permiten visualizar muy bien sus enormes déficits ecológicos que – obviamente – vienen compensando mediante la “importación” de biocapacidad de las áreas periféricas/semiperiféricas.

 




Los países desarrollados inmersos en una cultura productivista han conducido a una crisis ecosocial global. Pueblos y naciones del mundo han sido empobrecidas por largos siglos de colonización y explotación, creando una sideral deuda ecológica de las naciones ricas. Esa inmensa aspiradora de recursos responde a la insaciable apetencia de ganancias que guía los pasos de los dueños del capital y son esas ganancias las que los empujan - sistemáticamente - a ignorar la cuestión ambiental, en tanto ella, se ha transformado en la variable de ajuste de sus ecuaciones económicas.

En enero de 2021 en una entrevista publicada en Página 12, Horacio Machado Aráoz afirmaba que: No hay capitalismo sin extractivismo, agregando que: No hay…salidas capitalistas del extractivismo. El ecologismo coincide en tales afirmaciones solo que su crítica no se limita al capitalismo sino al muy amplio y heterogéneo grupo de corrientes de pensamiento productivista que se desprenden de los troncos del conservadurismo, liberalismo o socialismo. Todas ellas coinciden en hacer suya la doctrina mecanicista,[8] en adoptar una posición antropocéntrica y una actitud imperial respecto del resto del mundo natural, en promover una ética materialista como el mejor medio de satisfacer las necesidades de la gente (Porritt); coinciden en su visión economicista y su rechazo a la existencia de límites para el crecimiento, convencidos que con la combinación “virtuosa” de ciencia, tecnología e industria pueden superar cualquier límite, y a esa permanente superación de límites es a la que asumen como sinónimo de progreso. Se trata de un ideal victoriano de progreso basado en la creencia de que existe un patrón de cambio en la historia de la humanidad [...] constituido por cambios irreversibles orientados siempre en un mismo sentido, y que dicho sentido se encamina a mejor.[9]

Es por lo anterior que, para el ecologismo, resulta claro que no hay productivismo sin extractivismo y no hay salidas productivistas del extractivismo.

El Extractivismo: Definición y Características

Legitimado el antropocentrismo despótico en nuestras relaciones con el mundo natural el paradigma que ha dominado nuestra cultura confirió prioridad existencial a la expansión (económica y geográfica) y a la conquista de la naturaleza. Las instituciones de los Estados se orientaron entonces a garantizar dicha prioridad, conduciendo - en conjunto - a una desenfrenada mercantilización de todos los ámbitos de la vida natural y social, como así también a una creciente acumulación y concentración del capital. La consecuencia directa sobre las áreas periféricas del sistema-mundo productivista fue el establecimiento de un colosal mecanismo centrípeto de redistribución de recursos que se inició como economía de rapiña en tiempos de la colonia y hoy lo conocemos como extractivismo.

  1. ·         Actividades de tipo “capital intensivo”
  1. ·         Impulsadas por corporaciones trasnacionales.
  1. ·         Gran volumen de Recursos Naturales extraídos.
  1. ·         Si bien el resultado final pueden ser unos pocos gramos, ello se logra por medio de procesos de alta ecotoxicidad e impacto ambiental.
  1. ·         Bajo o nulo procesamiento de los Recursos Naturales en origen.
  1. ·         Destino exportador de los Recursos Naturales extraídos.
  1. ·         Alta dependencia de la extracción y exportación de Recursos Naturales por parte del país de origen.

El extractivismo como mecanismo de una ilimitada apropiación de los recursos naturales del mundo entero resulta inherente al proceso de acumulación del capital, proceso que se realiza - necesariamente - mediante una geografía económica mundial estructurada sobre un patrón de intercambio desigual entre metrópolis y colonias; entre centros y periferias.

Muy bien lo describe Horacio Machado Araoz cuando afirma que:

El extractivismo es la práctica económico-política y cultural que “une” ambas zonas [la del saqueo y la de acumulación]; el modo a través del cual una se relaciona con la otra. Extractivismo es ese patrón de relacionamiento instituido como pilar estructural del mundo moderno, como base fundamental de la geografía y la “civilización” del capital, pues el capitalismo nace de y se expande con y a través del extractivismo. El extractivismo instituye la separación entre las metrópolis y sus satélites; establece el centro y sus periferias; delinea la geografía de la extracción, como geografía subordinada, dependiente, proveedora, estructurada por y para el abastecimiento de la geografía del centro, la del consumo y la acumulación. El extractivismo además nos refiere a la forma de relacionamiento que las fuerzas hegemónicas de la modernidad imponen sobre la entidad “naturaleza”, basada en su concepción como puro objeto, objeto de conocimiento y de explotación.[10]

En la actualidad califica como una actividad extractivista aquella que muestra las siguientes características:

 



El extractivismo no es una actividad industrial. Hablar de “industria extractiva” es una falacia, asumiendo que esa actividad es un tipo de manufactura, como si estuviéramos frente a fábricas, cuando es apenas una remoción de recursos naturales (CLAES).

El extractivismo no es sinónimo de desarrollo: Si bien se ha diseminado por América Latina la noción de que este tipo de operaciones conducirían al desarrollo, lo cierto es que conducen a precarizar el concepto mismo de desarrollo, vaciándolo de las transformaciones sociales, económicas, políticas, culturales, etc., que debieran venir con él (CLAES).

Neo-extractivismo o Paleo-extractivismo: dos caminos y un solo destino

Pablo Dávalos,[11] menciona que, en el artículo publicado por la revista electrónica ALAI: Recursos naturales como eje dinámico de la estrategia de UNASUR (2014) Alí Rodríguez, quien fuera ministro de Economía y responsable de PDVSA durante el Gobierno de Hugo Chávez, y luego ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela y Secretario General de la UNASUR, expone punto por punto los argumentos del discurso extractivista. Dávalos resume tales argumentos señalando que, según Alí Rodríguez:

Latinoamérica en general y Suramérica en particular, no se caracterizan por ser potencias tecnológicas ni financieras y que su mayor riqueza está en sus recursos naturales y en su gente, y que es el momento de utilizar esos recursos naturales para financiar tareas urgentes tanto del desarrollo, como el crecimiento económico, cuanto, de la redistribución del ingreso, como la salud y educación.

Con esa visión, en las últimas décadas se aplicaron en Latinoamérica modelos socioeconómicos apoyados en prácticas extractivistas que en muchos casos condujeron al establecimiento de economías de enclave: mineras; petroleras y agroexportadoras, con intervención estatal y apropiación de parte de la renta para el financiamiento de las políticas sociales, definiendo de esta manera, tal como lo postula Eduardo Gudynas,[12] un “neo-extractivismo progresista”.

Con el avance neoliberal comienza a asomar el modelo impuesto en la década de 1990 que - también apoyado en el extractivismo - se caracteriza por un relajamiento en la participación estatal y por la disminución drástica o directamente por la eliminación de toda política de apropiación de parte de la renta extractivista, definiendo así un “paleo-extractivismo” que nos remite a la colonialidad.

Obviamente, entre uno y otro modelo existen profundas diferencias en cuanto a sus efectos socioeconómicos, pero en el mediano y largo plazo, las inevitables y graves consecuencias ecosociales resultarán ser las mismas.

Ambas corrientes de pensamiento pretenden luchar contra la pobreza y el hambre dedicando todos los esfuerzos para alcanzar un infinito crecimiento económico. El neoliberalismo, proponiendo un ilusorio derrame de la riqueza sobre los más necesitados; y el progresismo, imaginando que resulta posible construir un capitalismo con rostro humano.

Si de derrame hablamos -en los extractivismos- poco y nada se da en cuanto a riqueza, pero mucho es lo que derrama en cuanto al debilitamiento de la cobertura y salvaguarda de derechos, efecto derrame que Eduardo Gudynas[13] describe de la siguiente manera:

…nos encontramos ante dos procesos, por un lado los conocidos impactos locales, y por otro lado efectos más difusos, pero no menos graves, que alteran las políticas públicas. Estos últimos son denominados “efectos derrame”, correspondiendo a cambios en las políticas públicas, e incluso en conceptos políticos básicos como justicia o derecho, que son transformados como consecuencia de los extractivismos. Esto se observa cuando, por ejemplo, para poder llevar adelante un proyecto extractivo se modifica una normativa ambiental, pero la consecuencia de ese cambio no se restringe a ese emprendimiento, sino que modifica toda la gestión ambiental, incluso en actividades no extractivas, y se aplican en todo el territorio. No estamos aquí ante impactos locales, y no son pocos los casos donde una normativa se altera aun antes de iniciar un emprendimiento, con el solo propósito de alentar a inversores. Lo que ocurre es que políticas públicas, como pueden ser las ambientales, laborales, sanitarias, etc., se modifican para permitir los extractivismos, y eso genera consecuencias que se “derraman” en todas las políticas y en todo el país. Existen múltiples derrames y se entrelazan unos con otros, afectando los modos de entender la economía, la justicia y la democracia, e incluso las concepciones de la naturaleza.

Gudynas emplea la siguiente figura para graficar la distinción entre impactos locales y efectos derrame, mediante ejemplos de algunas de sus expresiones más comunes:


Como lo he afirmado en Del Productivismo a la Convivencialidad:[14]

Las trágicas consecuencias ecosociales del paradigma productivista y los mecanismos centrípetos de redistribución de los recursos en los que se asienta el sistema-mundo capitalista convierten en utopía el paradigma que inspira a la dirigencia política tradicional, particularmente aquella que hoy promete transformar a los países de la periferia en “paraísos productivos”. Ninguno parece advertir que - dentro del sistema-mundo capitalista - es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un país periférico entre en el reino del “primer mundo” y menos aún advierten que la actual crisis ecosocial global, ya ni siquiera asegura la continuidad del desarrollo en los países centrales a los que se intenta imitar.

Lo cierto es que en el sistema-mundo productivista que habitamos, haciendo gala de una absoluta falta de conciencia sobre la realidad ecológica y social, la dirigencia y la tecnoburocracia, más allá de sus diferencias, solo atinan a correr  tras el “sueño americano”, a ofrecernos el paraíso terrenal, si somos capaces de alcanzar la etapa superior del crecimiento económico, aquella que Rostow,[15] denominaba la del alto consumo en masa en la cual, los seres humanos, cansados de tanta opulencia, se decidirán - de una vez por todas - a ayudar al prójimo. Inmersos en ese utopismo – no libre de intereses – han justificado una a una sus aventuras extractivistas, ignorando la rica experiencia histórica de más de cinco siglos transcurridos desde el saqueo colonial, pasando por el neo-extractivismo progresista y llegando hasta este paleo-extractivismo cuasi colonial. Quinientos años en los que nuestra Latinoamérica no detuvo su incesante marcha hacia la pauperización económica, social y ambiental. Quinientos años en los que solo ha visto degradado su ambiente y expoliado su patrimonio natural, sin que se haya resuelto el problema de la pobreza.

A desextractivizar

La lucha del ecologismo en el mundo industrializado ha encontrado en el decrecimiento un eje central y estructurante, pero, en Latinoamérica, ese eje pasa por el desextractivismo, por la oposición a una práctica que ha demostrado - sobradamente - que solo sirve para aumentar la dependencia económica y política con inadmisibles consecuencias ambientales y sociales.

Ha llegado la hora de plantearnos la necesidad de desextractivizar, de liberar nuestra Latinoamérica de las diferentes formas de economías de enclave que nos han integrado en posición subordinada – colonial – en el sistema internacional y que nos siguen subordinando a una globalización económica, ideológica y cultural de un sistema-mundo productivista que se extingue.

Desextractivizar implica defender los recursos naturales y la calidad ambiental frente a la insaciable voracidad de los monopolios internacionales que pretenden - a toda costa – imponer sus modelos de saqueo con el único objeto de multiplicar sus ganancias y mantener estilos de vida absolutamente insostenibles; de allí que desextractivizar también implica dejar de lado los modelos de desarrollo productivistas que hicieron posible la existencia misma de tales monopolios.

Desextractivizar plantea el desafío de construir un modelo de desarrollo diferente, que no imite los insostenibles modelos de los países ricos y que no apele a las centenarias e inconducentes estrategias extractivistas. Modelos y estrategias que se encuentran en el corazón mismo de la cultura productivista y resultan comunes a todo el arco ideológico político tradicional. Al cuestionarlos, el ecologismo político está poniendo en tela de juicio supuestos con los que hemos vivido hasta el presente, lo cual desatará la férrea oposición de aquellas ideologías que - parafraseando a Cornelius Castoriadis - expresan el imaginario de un control y un dominio racionales sobre la naturaleza y la sociedad. Ideologías que apoyadas en la fantasía de la omnipotencia de la técnica han instalado en el centro de los intereses de la humanidad la satisfacción de las necesidades materiales, desatando un consumismo que – vertiginosamente - todo lo consume.

Esta posición del ecologismo político no deriva de una especulación teórica ni de una visión catastrofista, sino de la constatación de las consecuencias de la ininterrumpida aplicación de las ideologías productivistas en el mundo real.

Todo lo anterior no debe llevarnos a suponer que el ecologismo plantea no crecer en una Latinoamérica que debe afrontar la lucha contra la pobreza y el hambre como tareas prioritarias. Lo que el ecologismo político plantea, tal como lo propone Serge Latouche,[16] es la necesidad de abandonar:

…la jerga políticamente correcta de los adictos al productivismo … La consigna “decrecimiento” tiene como razón principal subrayar con fuerza el abandono del objetivo del crecimiento ilimitado, objetivo cuyo lema no es otro que la búsqueda de lucro por parte de los dueños del capital, con nefastas consecuencias para el medio ambiente y por ende para la humanidad.

Toca hoy al ecologismo político Latinoamericano luchar por la justicia social, por un desarrollo basado en la ruptura de la dependencia económica, política y cultural. Un desarrollo libre de condicionamientos y ajustes, de saqueos extractivistas y también, libre de marketing verde o medidas ambientales cosméticas. Solo aprendiendo a vivir de otra manera es como lograremos salir del callejón sin salida en el que nos encontramos.

Renta para pocos y externalidades para muchos

La historia ha demostrado que en Latinoamérica resulta erróneo pensar que haciendo un uso indiscriminado de los recursos naturales se puede financiar las urgencias del desarrollo.

Pretender elevar el nivel de vida de la gente sin tomar en consideración el impacto catastrófico de la lógica productivista sobre la vida de los seres humanos y el ambiente -como la experiencia regional lo demuestra- solo ha servido para maximizar la renta de pocos y externalizar los impactos ecosociales sobre muchos.

Es en este escenario que la Ecología Política debe irrumpir como una nueva y vigorosa corriente de pensamiento y acción política capaz de llenar el vacío de alternativas a la altura de las circunstancias y debe hacerlo para cambiar el rumbo antes de que el deterioro ambiental y la consecuente declinación económica lo hagan imposible.

El extractivismo, practicado desde la colonia hasta nuestros días, no debe ser el destino eterno de Latinoamérica.

Sosteniendo lo insostenible 

¿Puede calificarse como sostenible la megaminería a cielo abierto? ¿Pueden serlo las monoculturas transgénicas? ¿Es posible calificar como sostenible una matriz energética basada en fuentes fósiles y nucleares?

En el afán por tornarlas socialmente aceptables se suele calificar a las actividades extractivistas con el término sostenible. Pero la sostenibilidad involucra una serie de criterios operativos cuyo incumplimiento invalida su empleo como calificativo.

A manera de ejemplo mencionaremos aquí cinco criterios operativos de la sostenibilidad.[17]

El primer e irrenunciable criterio operativo de sostenibilidad es el de irreversibilidad cero; que implica la reducción a cero de las intervenciones acumulativas como la emisión de tóxicos persistentes que no son biodegradados y se acumulan en las cadenas tróficas, los desechos radiactivos y la reducción a cero de los daños irreversibles como la extinción de especies animales y vegetales.

Otro importante criterio operativo de sostenibilidad para el caso de recursos naturales renovables es el de recolección sostenible que implica utilizar tasas de recolección iguales a las tasas de regeneración de estos recursos.

Para el caso de los recursos agotables, pero reciclables y los agotables irreversiblemente, el criterio operativo de sostenibilidad es el de vaciado sostenible que expresa que es cuasi sostenible la explotación de recursos naturales no renovables cuando su tasa de vaciado es igual a la tasa de creación de sustitutos renovables.

Tenemos también el criterio de emisión sostenible que implica que las tasas de emisión de residuos deben ser iguales a las capacidades naturales de asimilación de los ecosistemas a los que se emiten esos residuos.

Por último, se debe mencionar al criterio de precaución que supone adoptar una actitud anticipatoria para identificar y descartar de antemano las vías que podrían llevar a desenlaces catastróficos, aun cuando la probabilidad de estos parezca pequeña.

¿Podemos preguntarnos entonces si la megaminería a cielo abierto, el modelo agroindustrial de monoculturas transgénicas o la matriz energética hegemonizada por fuentes fósiles y nucleares, satisfacen los criterios operativos antes enunciados?

Dar respuesta a estos interrogantes resulta de fundamental importancia para los decisores políticos. La palabra “sostenible” no tiene poderes mágicos. Su inclusión en nuestro vocabulario, discursos, informes o proyectos no es suficiente para asegurar que nuestra sociedad o las actividades económicas se vuelvan sostenibles. Por el contrario, el bastardeo del término nos conducirá -más rápido de lo que imaginamos- a la insostenibilidad de nuestro proceso de desarrollo.

En las últimas décadas hemos sido embarcados en cuanta aventura extractivista se ha propuesto y pretendiendo justificar lo injustificable, se ha corrido tras la utopía de sostener lo insostenible, destruyendo en el camino una parte sustancial del patrimonio natural, ignorando que el destino de la heredad natural de nuestro país hace al destino del país y es sobre este destino que se está decidiendo cada vez que se decide una política determinada en materia de actividades extractivistas.

Fruto de la cultura productivista que todo lo impregna y de sus urgencias nunca ha quedado tiempo para evaluar cuidadosamente los pasivos ecosociales que lleva consigo el ininterrumpido saqueo de los sistemas ecológicos de nuestro país y las inequívocas señales de deterioro de nuestros ecosistemas.

Si las urgencias del presente, como la lucha contra la pobreza, la indigencia y el hambre nos conducen a los extractivismos, debemos hacerlo en el marco de una planificación que nos pueda sacar -lo antes posible- de ese camino que, inevitablemente, nos conduce a la insostenibilidad, multiplicando los problemas que se pretendían resolver con el agravante de un deterioro natural que hará imposible resolverlos.

Si bien es cierto que la mayor riqueza de nuestro país está en sus recursos naturales y su gente, la historia ha mostrado que es erróneo pensar que haciendo un uso indiscriminado de los recursos naturales se puede financiar las urgencias del desarrollo. Pretender elevar el nivel de vida de la gente sin tomar en consideración el impacto catastrófico de la lógica extractivista sobre la vida de los seres humanos y el ambiente -tal como la experiencia lo demuestra- solo ha servido para maximizar la renta de pocos y los impactos ecosociales de muchos.

Megaminería: el extractivismo salvaje

En las seis últimas décadas la actividad minera a nivel mundial registró un ininterrumpido y espectacular crecimiento. Por otra parte, el aumento en las cotizaciones de ciertos metales ha definido niveles de rentabilidad del sector minero que lo colocan al tope a nivel mundial entre las industrias con los mayores márgenes de ganancias. En este escenario de expansión la minería se ha visto obligada a crecer en escala y a emigrar de sus zonas tradicionales de producción hacia regiones cada vez más remotas, ubicadas en Asia, África y Latinoamérica, amenazando ecosistemas y recursos vitales, generando diferentes reacciones sociales tanto a escala local como nacional. Tal es el caso de Argentina donde se ha abierto un fuerte debate en el seno de la sociedad sobre la expansión de la megaminería a cielo abierto.

Sectores liberales-productivistas, festejan la llegada de inversiones mineras, exigiendo garantizarles la máxima seguridad jurídica y la menor intromisión por parte del Estado. Los gobiernos nacional y populares consideran que - con los cuidados necesarios - se pueden desarrollar proyectos megamineros a cielo abierto. Desde posiciones nacionalistas y de la izquierda se cuestiona el saqueo que comporta un modelo de desarrollo minero que pivotea en las inversiones extranjeras, proponiendo la reapropiación pública de nuestros recursos naturales y estratégicos como, por ejemplo, la nacionalización de la gran minería.

Hay quienes argumentan que, si bien la megaminería trae consecuencias ambientales no queridas, ella es necesaria a cambio del progreso de la humanidad, afirmando por ejemplo que la informática y otras industrias requieren del oro para su desarrollo, soslayando que solamente el 11% de la producción mundial tiene tales destinos, mientras que el 89% restante se emplea para destinos suntuarios (joyería) o monetarios/especulativos.

Una buena síntesis del pensamiento sobre la megaminería que predomina a derecha e izquierda del tablero político tradicional la ofreció Rodolfo Terragno en la presentación de su libro Desarrollo y Ecología, cómo conciliar dos de las principales necesidades de la Argentina, el caso de la megaminería. Terragno aseguró que la minería, realizada de acuerdo con normas, no es perjudicial y que no es posible que persiguiendo el cuidado del ambiente se pretenda impedir el desarrollo de la minería como una actividad que ayuda al desarrollo de los pueblos (?). "Hoy tenemos un ecologismo salvaje", aseguró el escritor quien acusó a muchas de las entidades de defensa del ambiente por parecer actuar con intencionalidad política y diferentes intereses económicos.

Para Terragno cuestionar a la megaminería es servir a interese políticos y económicos, contrario sensu el autor parece creer que defenderla es una tarea absolutamente desinteresada, libre de toda intencionalidad política o económica. Que cada uno saque su propia conclusión.

Frente a tales opiniones, el ecologismo sostiene que los impactos socioambientales de la megaminería a cielo abierto resultan innegables. Prueba de ello, por ejemplo, son las conclusiones del Inventario de Emisiones Tóxicas (TRI) que en 2005 demostró que 72 minas eran responsables del 27% de todos los contaminantes vertidos en el territorio de Estados Unidos. Otro ejemplo lo tenemos con la decisión que la Corte Federal de Canadá (Ver en: http://www.miningwatch.ca/index.php?/npri/npri_victory_federal_court) que forzó al gobierno federal a poner fin a la retención de datos de una de las más grandes fuentes de contaminación - millones de toneladas de sustancias tóxicas y de escombreras de residuos de roca de las operaciones mineras en el territorio de Canadá.

Pero la cuestión profunda que se esconde detrás de la expansión de estos proyectos debe ser analizada desde una visión diferente a la que se puede dar en un debate entre opiniones que divergen en lo accesorio, pero que resultan convergentes en lo esencial. Tal visión es la que aporta la Ecología Política.

El cuestionamiento al formidable consenso económico, político, social, y científico de los tres últimos siglos lleva a la Ecología Política a señalar al capitalismo productivista/consumista como el responsable directo del rumbo insostenible de la humanidad, de allí que una mirada desde la Ecología Política sobre la expansión de la megaminería a cielo abierto no se limita a considerar sus innegables impactos socioambientales, sino que además la identifica como un claro indicador y ejemplo de la sinrazón del productivismo capitalista.

El actual proceso de expansión de la megaminería en Latinoamérica resulta consecuencia directa del culto al crecimiento ilimitado, compartido tanto por los países desarrollados como por los países en desarrollo, estos últimos, particularmente convencidos que hay que crecer a toda costa, ya que en algún momento la riqueza se derramará alcanzando a toda la sociedad. Idea ingenua o interesada que, más allá de hechos anecdóticos de limitado alcance local, la historia se ha encargado hasta el cansancio en desmentir, demostrando que la riqueza no se derrama - ni siquiera gotea - sino que la lógica inherente al sistema solo tiende a concentrarla.

El proceso de crecimiento económico que se apoya en pilares extractivistas, en esencia, es un modelo colonial. Economía colonial, economía de enclave, extractivismo desarrollista, extractivismo de cuño liberal y, en la actualidad, neo-extractivismo progresista tal como lo define Eduardo Gudynas. Poco ha cambiado en lo fundamental: los recursos naturales son exportados y nos quedamos con los pasivos ecosociales. Antes era a cambio de nada y, ahora, a cambio de regalías o derechos que en poco los compensan, si es que son económicamente compensables.

Hoy nos toca hacer frente a un modelo extractivista que se mantiene vigente como pilar de las estrategias de desarrollo y es aceptado como motor fundamental del crecimiento económico y, en consecuencia, como una contribución clave para combatir la pobreza a escala nacional, lo cual pretende otorgarle legitimidad. Si bien es cierto que, a diferencia de los modelos anteriores, en el neo-extractivismo progresista existe un papel más activo del Estado sobre los sectores extractivos y se capta una mayor proporción de su renta ello no logra evitar que el modelo siga siendo funcional a la globalización económico-financiera, que se mantenga nuestra inserción internacional subordinada, que se fragmente el territorio y que se externalicen los inevitables impactos sociales y ambientales.

El neo-extractivismo progresista se debate en sus propias contradicciones. No se puede favorecer los intereses de las corporaciones multinacionales y, al mismo tiempo, pretender aliviar la pobreza de los humillados y ofendidos. No se puede querer que prosperen simultáneamente las transnacionales mineras y las poblaciones locales por ellas impactadas.

Se abre entonces el gran desafío para el ecologismo: presentar un modelo alternativo al neo-extractivismo progresista. Ello implica desplegar los principios de la economía ecológica y los valores que inspiran a la Ecología Política. Ello implica iniciar una transición que nos lleve hacia un desarrollo sostenible, una transición a un modelo económico que aúne, en una radical transformación, justicia social y justicia ambiental. Una transición a una economía que ponga el acento en la reproducción de las condiciones para el buen vivir, el cuidado, la contención, la supervivencia colectiva, el obligado decrecimiento de las economías ricas y la mitigación de las desigualdades en materia de ingresos y bienestar material en todo el mundo.

Se trata de un modelo económico que no considera al ambiente como un factor secundario de la producción, sino que lo concibe como un recipiente que contiene, provee y sostiene toda la economía. Un modelo que asume como factor limitante para el desarrollo económico futuro a la disponibilidad y funcionalidad del capital natural, en especial los irremplazables servicios que soportan la vida, para los cuales no pueden ni deben existir valores de mercado.

La economía mundial ha entrado en una dinámica absurda y los ecologistas plantean el derecho a parar, a no aceptar más que nos sigan queriendo convencer de la necesidad de un utópico “infinito crecimiento”, que nos sigan proponiendo como solución para los países en desarrollo imitar los insostenibles modelos de los países ricos, que nos quieran convencer de las bondades de un modelo depredador como el de la megaminería a cielo abierto. Es bajo esta particular visión que el ecologismo rechaza la superideología productivista común a todas las ideologías políticas tradicionales, una de cuyas expresiones "salvajes" (parafraseando a Terragno) resulta el extractivismo megaminero a cielo abierto.

El extractivismo agroindustrial

A manera de introducción veamos resumidamente la evolución histórica del extractivismo agroindustrial.

En Historia Verde del Mundo, Clive Ponting afirma que:

Durante unos dos millones de años los seres humanos vivieron de la recolección, la conducción de manadas y la caza. Después, en el espacio de unos cuantos miles de años surgió una forma de vida radicalmente distinta basada en una gran alteración de los ecosistemas naturales, orientada a la producción de cosechas y a la consecución de pasto para los animales. Este sistema más intensivo de producción alimentaria…marcó la transición más importante de la historia humana

Tal transición dio inicio hace 10.000 a 12.000 años, con una agricultura de subsistencia que no registró grandes cambios hasta que, con los avances de la revolución industrial, comienza a desarrollarse una agricultura intensiva cuyos impactos comienzan a ser evaluados en el siglo XIX. Fue Justus von Liebig en Alemania uno de los primeros en hacer una fuerte crítica por la pérdida de nutrientes desde principios hasta mediados del siglo XIX debido a la agricultura intensiva al modo británico. En su gran obra de 1840, Química orgánica y su aplicación a la agricultura y a la fisiología, Liebig denunciaba dos problemas interrelacionados:  el agotamiento del nitrógeno, fósforo y potasio, nutrientes esenciales de la tierra; y la acumulación de estos nutrientes en las ciudades cada vez más pobladas, donde contribuían a la contaminación urbana.

En los Estados Unidos, George Waring y Henry Carey advertían que los alimentos y fibras, que contienen constituyentes elementales de la tierra, estaban siendo transportados a largas distancias en un movimiento en un solo sentido: del campo a la ciudad, dando lugar a que la tierra perdiera sus nutrientes. Pero en lugar de motivar un cambio de modelo agrícola la decisión se inclinó hacia la sustracción de fertilizantes o tierras de algunos países por parte de otros. Gran Bretaña fue pionera en el arrebato a escala mundial de los fertilizantes naturales.

Claro ejemplo del extractivismo de rapiña fue la extracción, por medio del trabajo forzado, del guano en las islas cercanas a las costas del Perú, desatando a nivel mundial una “fiebre del guano”.

La agricultura intensiva, al romper los ciclos biogeoquímicos, fractura la relación metabólica entre los seres humanos y la naturaleza. El metabolismo entre la naturaleza y la sociedad es independiente de cualquier forma histórica e implica el conjunto de procesos por medio de los cuales los seres humanos, organizados en sociedad, independientemente de su situación en el espacio (formación social) y en el tiempo (momento histórico), se apropian, circulan, transforman, consumen y excretan, materiales y/o energías provenientes del mundo natural.

La mecanización de las labores agrícolas vino a favorecer el crecimiento de la economía agraria en las grandes planicies de América, de Australia y del sur de Rusia donde, al disminuir la necesidad de trabajo humano y reducir los costes, las máquinas permitieron desarrollar una agricultura de nuevo tipo, conocida como dry-farming, una forma extensiva de cultivo, con rendimientos/ha inferiores a los que se obtenían en Europa, pero que permitía producir trigo a un costo mucho más bajo. Cuando el ferrocarril llevó el trigo de las llanuras centrales norteamericanas a los puertos del Atlántico, los barcos de vapor lo condujeron a Europa, y la disminución progresiva del coste del transporte hizo que este trigo americano llegase a los mercados europeos a precios inferiores a los del producido allí. Hacia 1885, los cuatro mayores exportadores transatlánticos (Argentina, Australia, Canadá y Estados Unidos) producían ya el 25% del trigo mundial, proporción que en 1920 ascendía a más de un 40%.

Esta extraordinaria expansión fue posible gracias a la amplia disponibilidad de tierras libres, que se daban a bajo precio a quienes deseaban colonizarlas, y a un crecimiento prodigioso de la mecanización. La agricultura iberoamericana, que había permanecido poco menos que estacionaria desde la independencia, experimentó un salto expansivo formidable a fines del siglo XIX, al integrarse en las corrientes exportadoras mundiales.

En el caso de la Argentina, el área cultivada, que había crecido a un ritmo de 30.000 Ha anuales de 1810 a 1888, lo hizo a razón de 800.000 Ha por año entre 1888 y 1910: hacia 1925 la Argentina producía el 6 % del trigo mundial, y sus exportaciones representaban el 18 % del tráfico triguero total.

Durante la etapa de dry-farming, las grandes potencias practicaron con los países iberoamericanos métodos de dominación neocoloniales; que condujeron a hacerlos depender de una exagerada especialización productiva y lo hicieron mediante la connivencia entre los intereses financieros extranjeros y los de los grandes propietarios de la tierra locales que los ayudó a estos últimos a adueñarse del poder político, del que se sirvieron para orientar las economías nacionales de acuerdo con sus propias conveniencias, que solían ser coincidentes con las de sus clientes extranjeros. A partir de la crisis del 30, la expansión quedó frenada y el equilibrio roto. Entonces los agricultores de Iberoamérica cobraron conciencia de que habían enajenado su independencia económica a unos mercados exteriores sobre cuyas decisiones no podían ejercer ningún tipo de control.

Recién a mediados del siglo XX se produce una nueva transición, esta vez desde el dry-farming a una agricultura basada en la selección genética de nuevas variedades de cul­tivo de alto rendimiento, producción extensiva de gran es­cala, riego, uso masivo de fertilizantes químicos, pesticidas, herbicidas, trac­tores y otra maquinaria pesada, dando lugar, en la década de 1950 a la Primera Revolución Verde mediante la cual, se asiste a un pro­ceso de modernización de la agricultura, caracterizado por el reemplazo del conocimiento empírico de los agricultores por el conocimiento tecnológico. Los agri­cul­tores pasaron a emplear un conjunto de innovacio­nes técnicas sin precedentes, entre ellas los agrotóxicos, los fertilizantes inorgánicos y, sobre todo, las máquinas agrícolas. Estas innovaciones reconocen dos vertientes: tecnología mecánica y química; y mejoramiento genético.

La vertiente tecnológica y química se origina al finalizar la Segunda Guerra Mun­dial cuando las grandes industrias, so­bre todo en Estados Unidos, acumulaban in­novaciones tecnológicas militares que comenzaron a convertirse rápidamente a usos civiles tales como: fabricación de tractores a partir de la experiencia en el diseño de tanques de combate; fabricación de agrotóxicos como producto colateral de una pujante industria químico-biológica dedicada a la fabricación de armas de ese tipo y tecnología nuclear en la forma de téc­nicas para el control de plagas mediante la esterilización de ejemplares irradiados y para la conservación de alimentos mediante la esterilización nuclear.

En cuanto a la vertiente genética su origen lo podemos rastrear en 1941 en un encuentro entre el vicepresidente de Estados Uni­dos, Henry Wallace,[18] y el presiden­te de la Fundación Rocke­feller, Raymond Fosdick quienes pensaron que un pro­grama de desarrollo agrí­cola apuntado hacia Latinoamérica en general y México en particular, tendría beneficios tanto económicos como políti­cos. Un año después, la fundación envió a México tres eminentes cien­tí­ficos en el estudio de plan­tas. En 1943 la Fundación Rockefeller inició su Programa Mexicano de Agricultura, concentrado principalmente en el mejoramiento de maíz y trigo. La Fundación Rockefeller fue crucial para el establecimiento en México, en 1943, del Centro Internacional del Me­joramiento de Maíz y Tri­go (CIMMYT), considerado como el más importante centro de investigación de maíz y trigo en el mundo.

En la década de 1960 y como fruto de los trabajos de investigación iniciados en 1945 en México, Norman Borlaug logra introducir semillas híbridas en la producción agrícola, que, sumado a la tecnificación y uso intensivo de agroquímicos, inicia la agricultura moderna con significativos aumentos en la productividad agrícola.

En 1947, la gigantesca empresa en el mer­cado de granos, Cargill, inició la producción de maíz híbrido en Argentina.

La Fundación Rockefeller, la Fundación Ford, la Fundación Kellogg’s y Cargill entre otras se encargan de difundir el nuevo modelo agrícola a todo el mundo en desarrollo. Theodore Schultz — autor estadounidense conocido como uno de los ideólogos de la revolución verde — en su libro Transformando la agri­cultura tradicional, enfatizaba que el agrónomo era una persona que iba a civilizar al sujeto de pies descalzos, al bárbaro que se encontraba en íntimo contacto con la naturaleza, pero so­me­tido a ella.

Para la producción la Primer Revolución Verde ofreció semillas de alta productividad que, en condiciones ideales y con grandes cantidades de fertilizantes y agrotóxicos podían garantizar una muy alta productividad. Para los trabajadores rurales ha significó sueldos misera­bles, desempleo y migración. Para los pequeños propietarios, aumento en las deudas para la obtención de insumos y aumento de la pobreza.

Con el desarrollo de la biotecnología y la ingeniería genética, en la década de 1970, comienza a configurarse un modelo de producción agrícola que, en la década de 1990, origina una Segunda Revolución Verde o como algunos autores consideran: una revolución dentro de la revolución. En este caso el modelo se basa en el desarrollo de la biotecnología y la ingeniería genética para la creación de los llamados Organismos Genéticamente Modificados que, tras dos décadas de ensayos, en 1995, se introducen por primera vez en el mercado agrícola, registrándose a partir de entonces, un crecimiento exponencial de la superficie con monocultivos de variedades transgénicas, cuya liberaciones conlleva riesgos y constituye un acto de contaminación genética del ambiente. El modelo incluye el cultivo en monoculturas extensivas de gran escala, mediante un nuevo paquete tecnológico integrado por el empleo conjunto de: variedades transgénicas de alto rendimiento; agroquímicos; mecanización y despliegue intensivo de energía, capital y tecnologías agrícolas. La aplicación de este modelo redundó en aumentos de producción, significativos incrementos en la rentabilidad económica de los productores y un intenso proceso de concentración de la producción en: muy pocos países; muy pocas especies y muy pocas empresas hegemonizando el mercado mundial de semillas, de agroquímicos y de biotecnología. Esta inédita concentración del poder -por sí sola- torna al actual modelo agroindustrial en una grave amenaza para la seguridad alimentaria.

El insostenible modelo agroindustrial

Un gran productor sojero de Argentina, Grobocopatel ha afirmado que: hay que permitir que algunos sectores desaparezcan.

En algún sentido tiene mucha razón. Habría que permitir que aquellos sectores de la producción que resulten insostenibles desaparezcan. Sectores de la producción que no podrían existir sin el aporte energético de los menguantes combustibles fósiles; sectores de la producción que requieren de diez veces más Kcal que ingresan al sistema de producción que las Kcal obtenidas en su producto final; sectores de la producción que impactan en forma irreversible sobre la diversidad biológica; que hacen un despilfarro del agua; que generan migraciones de las comunidades locales e indígenas; que envenenan con sus insumos químicos; que conciben sus sistemas de producción como una guerra bioquímica contra la naturaleza, esos sectores, indudablemente, deben desaparecer.

Aquellos sectores de la producción que no pueden reducir a cero sus intervenciones acumulativas y daños irreversibles; sectores cuyas tasas de recolección de los recursos renovables son mayores a las tasas de regeneración de estos recursos; sectores que explotan recursos naturales no renovables, a una tasa de vaciado mayor a la tasa de creación de sustitutos renovables y sectores que emiten residuos a tasas mayores a las capacidades naturales de asimilación de los ecosistemas a los que se emiten esos residuos, son sectores que, indudablemente, deben desaparecer.

Se trata de sectores de la producción que nos hacen ir a contramano del verdadero progreso y por eso deben desaparecer para dar lugar a modelos de producción que sean intensivos en conocimientos, trabajo y diversidad; basados en imitar muchas de las estrategias que utiliza la naturaleza para dar estabilidad a los sistemas (en lugar de contrariarlas), un modelo de producción que no requiera del empleo de insumos externos al ecosistema y que, en definitiva, sea realmente sostenible.

En consecuencia, aun cuando Grobocopatel no haya pensado en la agroindustria cuando propuso que algunos sectores de la producción desaparezcan, es justamente la agroindustria el ejemplo paradigmático de un sector que debería desaparecer, dejando lugar a nuevas y verdaderamente sostenibles formas de producir alimentos.

En Latinoamérica, el actual modelo extractivo-exportador es heredero de la economía de rapiña que se gestó en los siglos XVI y XVII, cuando se confirió prioridad existencial a la conquista de la naturaleza y a la expansión económica y geográfica, cuando las potencias coloniales desplegaron un colosal mecanismo centrípeto de redistribución de recursos al que hoy conocemos como extractivismo.

En la actualidad, los países latinoamericanos siguen mostrando una muy alta dependencia de la exportación de materias primas,[19] fundamentalmente originadas en la minería a cielo abierto, la extracción de combustibles fósiles y las monoculturas de exportación.

Estas monoculturas de exportación y su modelo agroexportador emergen como lógica consecuencia de una superideología que se encuentra en el corazón mismo de nuestra civilización industrial: el productivismo.

Ha sido la lógica productivista la que ha estado presente en el nacimiento de la agricultura intensiva, en su transformación hacia el dry-farming, en la revolución verde y en el actual modelo agroindustrial de monoculturas transgénicas y es el pensamiento económico de la corriente principal el que valida su adopción y expansión.

Este pensamiento económico, desafiando toda lógica, considera que los recursos -en lo que se refiere a materiales y energía- son inagotables bajo el supuesto de la sustitución sin fin entre las diferentes formas de capital,[20] lo que conduce a sostener que el crecimiento de la economía puede ser infinito sin dejar espacio para preguntarnos qué y para qué producir o para pensar si el crecimiento respeta la reproducción social y ambiental.

De esta forma se fue forjando un paradigma económico capaz de justificar el modo de intervención del hombre en los entornos naturales, la forma de apropiación de los recursos naturales y los modos de producción y consumo. Se instaló así un modelo económico caracterizado por una constante necesidad de crecimiento cuantitativo, totalmente desvinculado de sus consecuencias ecosociales. Un modelo, cuyas demandas siempre superan los rendimientos sostenibles de los ecosistemas y su capacidad de asimilar diferentes formas de contaminación y que, al consumir su dotación de capital natural, inevitablemente está llamado a destruir sus propios sistemas de apoyo. Lejos de valorar al capital natural el modelo conduce a su liquidación impulsado por las inevitables consecuencias de la aplicación de principios básicos del paradigma dominante.[21]

Las ideas que condujeron a la adopción y expansión del modelo agroindustrial surgen de un pensamiento económico productivista caracterizado por la ilusión neolítica de un planeta inagotable, por ignorar la dimensión ambiental o, en el caso de considerarla, optar siempre por sacrificarla en aras del crecimiento económico, asumiendo a las externalidades de la agroindustria como costo inevitable de nuestro proceso de desarrollo.

Criterios de sostenibilidad

Tomando como base los criterios para tornar operativa la definición de desarrollo sostenible, propuestos por Herman Daly,[22] analicemos aquí si el modelo agroindustrial satisface criterios como la explotación de recursos naturales no renovables, a una tasa de vaciado igual a la tasa de creación de sustitutos renovables; reducir a cero las intervenciones acumulativas y los daños irreversibles; tasas de recolección de los recursos renovables iguales o menores a las tasas de regeneración de estos recursos y tasas de emisión de residuos iguales a las capacidades naturales de asimilación de los ecosistemas a los que se emiten esos residuos.

Explotación de recursos naturales no renovables

En lo que hace a la explotación de recursos naturales no renovables a tasas de vaciado iguales a la tasa de creación de sustitutos renovables, la agroindustria muestra un consumo de petróleo de tal magnitud que, si se generalizara la dieta y la tecnología alimenticia de Estados Unidos al conjunto de la población mundial y el petróleo sólo se destinara a este fin, las reservas mundiales se agotarían en tan solo 12 años.[23]

Este irracional consumo energético queda en evidencia en el transumo (throughput o trasiego) de energía y materiales a través del sistema productivo agroindustrial.

Óscar Carpintero y José Manuel Naredo,[24] mencionan que:

La agricultura pasó de apoyarse fundamentalmente en un flujo de energía renovable a transformarse en una actividad productiva muy exigente en combustibles fósiles y recursos no renovables. Y eran esos requerimientos energéticos tan potentes (fertilizantes, combustibles, maquinaria...) los que hacían del conjunto de la actividad agraria un proceso energéticamente deficitario, es decir, que exigía un aporte de kilocalorías superior al que posteriormente se obtenía en forma de alimentos.

En la agroindustria más del 95% de las entradas energéticas externas proviene de la quema de combustibles fósiles o de productos derivados de los mismos, registrando un balance deficitario en términos energéticos.

El sistema agroalimentario estadounidense, tomado en conjunto, funciona con rendimiento 1:10 (para poner una caloría sobre la mesa se invierten diez calorías petrolíferas), y en el cultivo de verduras de invernadero durante el invierno llegan a alcanzarse valores tan disparatados como 1:575.[25]

En contraste, los sistemas agrícolas más pequeños, menos mecanizados, propios de las prácticas agroecológicas producen más calorías de alimento por caloría de energía que se gasta en el proceso, llegando a alcanzar rendimientos de 50:1, es decir que se llegaban a obtener 50 calorías de alimentos por cada unidad de caloría externa distinta a la solar.

Vemos entonces que el modelo agroindustrial entrega menos calorías alimentarias que las que entran en el sistema productivo y que resulta inviable sin el aporte energético del petróleo.

Bien lo describe Joaquin Sempre,[26] cuando afirma que:

…la agricultura industrial moderna es un procedimiento que convierte energía fósil no comestible en energía comestible. Nos estamos alimentando, pues, de una manera insostenible, y cualquier episodio de escasez de energía –sobre todo si no es coyuntural, sino que responde a situaciones básicas— puede llevarnos al hambre.

No obstante, el balance energético de los sistemas de producción ha sido absolutamente ignorado bajo la idea de que podemos crecer indefinidamente, convencidos que los límites biofísicos pueden ser siempre superados con la infalible combinación de tecnología y mercados.

Según Kenneth E. Boulding:[27]

La agricultura […] usa el ingreso energético disponible en la actualidad. En las sociedades avanzadas esto se complementa muy extensamente por el uso de combustibles fósiles, los que representan, por así decirlo, un acervo de capital de luz solar almacenada. Gracias a este acervo de capital de energía, hemos podido mantener un insumo de energía en el sistema, sobre todo durante los dos últimos siglos, mucho mayor que el que podríamos haber mantenido con las técnicas existentes si hubiésemos debido recurrir al insumo corriente de la energía disponible del Sol o de la Tierra misma. Pero este insumo complementario es no renovable por su propia naturaleza.

Es el modelo energético fosilista el que hizo posible la existencia de la agroindustria tal como hoy la conocemos y, en consecuencia, resulta aquí importante detenernos para analizar este modelo energético en tanto existe sobrada evidencia que nos indica que el mismo está llegando a su fin.

Desde el Neolítico hasta la Primera Revolución Industrial, la producción de energía por persona y por año promedió 0,5 barriles de equivalente petróleo (BEP), pero a partir de la Primera Revolución Industrial ese valor trepó en nada de tiempo hasta alcanzar los 12 BEP/persona/año. Un salto gigantesco, único e irrepetible, a partir del que nos convertimos en una “sociedad fosilista”.

Han sido los combustibles fósiles, responsable del 80% de la energía primaria empleada en el mundo, los que hicieron posible el nacimiento y desarrollo de la sociedad industrial; los que nos colocaron en la senda del crecimiento exponencial de la economía, de la población y también del deterioro ambiental.

Pero lo cierto es que el modelo energético industrial avanzado, que ha posibilitado alcanzar objetivos económicos, sociales y científicos jamás imaginados resulta enormemente frágil, en tanto toda nuestra tecnología y nuestro modo de vida actual descansan sobre fuentes de energía agotables.

Hasta aquí se centró el análisis sobre la crisis del modelo energético fosilista, por haberse aproximado a tasas de retorno energético sumamente bajas, pero no menos importante resulta haber sobrepasado la capacidad de los sumideros naturales de los gases efecto invernadero conduciéndonos a un calentamiento antropogénico del planeta, que exige una drástica reducción en el uso de combustibles fósiles.

En conjunto, cenit del petróleo y la obligada descarbonización de nuestra economía, marcan el cenit de la energía total y el fin de nuestra sociedad fosilista y con ella, obviamente también, el fin de la agroindustria.

Es la fragilidad del modelo energético la que torna extremadamente frágil al modelo agroindustrial, poniendo en cuestión la seguridad alimentaria, convirtiendo en amenaza lo que hasta ahora considerábamos la forma más eficientes y eficaz para la producción de alimentos.

Pero, además del balance energético, la fragilidad e insostenibilidad del modelo agroindustrial queda definida por otras características que le son inherentes, tales como la extrema uniformidad de las monoculturas transgénicas, que no solamente torna altamente vulnerable al modelo frente a plagas y enfermedades sino también frente a los cada vez más frecuentes e intensos impactos del cambio climático.

A manera de ejemplo del impacto del cambio climático sobre la producción de alimentos vale mencionar la ola de calor que se centró en Moscú a mediados de 2010,[28] ocasionando una reducción del 40% en el volumen de su cosecha de cereales, lo cual llevó al gobierno ruso a prohibir las exportaciones de granos, determinando que el precio mundial del trigo subiera un 60%. Pensemos que hubiera acontecido si en lugar de Moscú, la ola de calor se hubiera presentado en la zona cerealera de EE. UU., donde anualmente se producen 400 millones de toneladas. Una caída del 40% en la cosecha haría caer las existencias mundiales remanentes de cereales para 2011 a 52 días de consumo –el nivel más bajo de la historia– muy por debajo de los 62 días que llevaron a triplicar los precios mundiales de cereales en 2007-08. Fácil es imaginar que nos encaminaríamos a una situación de creciente inestabilidad social, política y económica de impredecibles consecuencias.

Sumado a todo lo anterior, la pérdida de biodiversidad funcional ha redundado en crecientes pérdidas de estabilidad de los propios agro-ecosistemas.

No menos importantes resultan las externalidades del modelo agroindustrial que van desde diferentes y graves formas de contaminación, deforestación y ruptura de ciclos naturales vitales, que en este último caso definen la fractura en la relación metabólica establecida entre los seres humanos y la naturaleza, hasta la profundización de desigualdades sociales propias de un modelo que agudiza la situación de marginación al enfrentar a las comunidades locales e indígenas a una degradación cada vez mayor de su ambiente natural, redundando en el aumento de la pobreza, el éxodo rural, una mayor vulnerabilidad a las crisis alimentarias, así como el aumento de la frecuencia de los conflictos políticos y sociales por recursos escasos.

La lógica económica inherente al modelo agroindustrial lleva –inevitablemente- a la concentración productiva, con desplazamientos de los productores de pequeña y mediana escala que van dando paso a la gran industria del campo, integrada a los agronegocios y a las cadenas de exportación. Esa misma lógica conduce a la sobreexplotación del capital natural, con repercusiones a largo plazo para el ambiente, que son absolutamente ignoradas. Los enormes beneficios económicos que genera el modelo raramente quedan en la región que los origina y por tratarse de sistemas de producción altamente mecanizados y automatizados, requieren una fuerza de trabajo pequeña, perdiendo así su legitimación social como fuentes generadoras de empleo.

En definitiva y tal como lo sostiene Jorge Riechmann:[29]

El actual sistema de agricultura industrial –que a escala mundial prevalece frente a la agricultura campesina, y se presenta a sí mismo como perfección de progreso— es un disparate en términos sociales, ecológicos, económicos y éticos...Mientras sigamos comiéndonos la Tierra en lugar de comer de la tierra, devorando petróleo en lugar de alimentarnos con la luz del sol, produciendo y extrayendo sin preocuparnos de cerrar los ciclos de materiales, el aceleradísimo declive de la biosfera que impulsamos en la actualidad se agravará sin freno.

Daños irreversibles

Las políticas de asignación de usos del suelo, motorizadas por la excluyente valorización de la tierra como factor de producción agroexportadora son las que definieron una relación crecientemente antagónica con las masas forestales nativas, prevaleciendo los horizontes políticos, económicos y sociales de corto plazo frente a las consecuencias de la deforestación que se tornan más graves en el horizonte de largo plazo.

Impulsadas por esta lógica, a principios de la década del año 2000, la Argentina ingresó en un pulso de deforestación favorecido por la adopción de una estrategia agroindustrial que motivó uno de los más acelerados procesos de transformación de las masas forestales nativas en la historia del país. En el anexo: La Argentina Deforestada, nos detendremos en la historia y avance del proceso deforestador en Argentina.

El significativo aumento en los precios internacionales de los granos sirvió de aliciente para el aumento de la producción agrícola, la que basada en el empleo de un sofisticado paquete tecnológico logró aumentar los rendimientos, permitiendo además la expansión de la frontera agrícola hacia regiones marginales.

El objetivo de aumentar la producción de cereales y oleaginosas requiere del incremento de la frecuencia de las cosechas (a menudo mediante el regadío); del aumento de los rendimientos o de la expansión del área sembrada.

No nos detendremos en la primera opción, en tanto, como fruto de sobrexplotación, contaminación, creciente uso de agua en los grandes conglomerados urbanos y efectos combinados del cambio climático global, nos enfrentaremos en forma creciente a un escenario de disminución de mantos acuíferos y exceso de extracción de agua de los ríos que limitará la ampliación de áreas bajo riego, razón por la cual nos centraremos aquí en el análisis del potencial de aumento de rendimientos y la expansión del área de cultivo.

El rinde – toneladas de granos que se cosechan por hectárea – se puede mejorar como fruto del desarrollo científico y tecnológico, como así también mediante el cambio de las proporciones relativas en las que participan los diferentes cereales y oleaginosas en la cosecha total.

Analicemos primero este último caso tomando como ejemplo lo que acontece en Argentina donde resulta hegemónica la participación de la soja en la cosecha total. Obviamente, el desplazamiento de la soja por otro cultivo de mayor rinde por hectárea, como es el caso del maíz, redundaría en un aumento en la producción total sin modificación significativa en cuanto a las áreas sembradas/cosechadas.

Tomemos como ejemplo el Plan Estratégico Agroalimentario que, según los anuncios efectuados en septiembre de 2010, proponía alcanzar una producción de 148 millones de toneladas de granos en seis años, con un incremento en la superficie cosechada del 20 por ciento (equivalente a un aumento de 5.200.000 ha) y una disminución relativa de la superficie cultivada de soja y un aumento del maíz.

Considerando que el rinde promedio de los diez últimos años del maíz fue de 6,544 tn/ha, un 148% superior al valor promedio de 2,645 tn/ha para la soja, alcanzar las 150 millones de toneladas de cereales y oleaginosas, cumpliendo con los supuestos de la propuesta, implica aumentar en un 544% el área sembrada con maíz, pasando de las 2.640.000 ha cosechadas (promedio de los últimos diez años) a 17.000.000 ha, mientras que el área sembrada con soja debe caer un 60%, de las 14.400.000 ha promedio a no más de 5.000.000 ha.

La estrategia adoptada, al reemplazar una monocultura por otra, no resuelve los múltiples problemas asociados a esta práctica agrícola y, por otro lado, el éxito de la iniciativa depende de lograr que, en el corto plazo, los productores desplacen drásticamente a la soja de su interés, lo cual no parece tarea simple.

Lo anterior nos lleva a preguntarnos qué podría ocurrir si la estrategia no rinde sus frutos y si se intenta cumplir con el objetivo total de cosecha (150 millones de toneladas) sin grandes modificaciones en las participaciones relativas de los cultivos agrícolas tradicionales.

Podemos entonces ahora preguntarnos si resultará posible alcanzar una cosecha de 150 millones de toneladas sin aumentar el área sembrada actual.

Según los datos disponibles,[30] a valores promedio correspondientes a la última década, sería necesario que el rendimiento por hectárea creciera en un 74%, pasando de 2,988 tn/ha a 5,188 tn/ha. Téngase en claro que estamos hablando de rendimiento “promedio” del total de cereales y oleaginosas que integran la producción en Argentina.[31]

En relación con la evolución de los rindes agrícolas a nivel mundial, a la experiencia en nuestro país y a un escenario de aumento de los precios del petróleo y condiciones ambientales poco propicias (erosión, desertificación, escasez de agua, cambio climático) un crecimiento del rendimiento de tal magnitud parece muy poco probable.

A nivel mundial, el aumento de la productividad de los suelos agrícolas cayó de 2,1% al año entre 1950 y 1990; al 1,3% anual desde 1990 hasta 2008. Los avances científicos son cada vez más difíciles de conseguir ya que los rendimientos de los cultivos se acercan a los límites inherentes a la eficiencia fotosintética. Este límite, a su vez, establece los límites superiores de la productividad biológica de la tierra, lo que finalmente regula la capacidad humana para su realización.

En contraste con lo anterior, en Argentina se lograron notables avances en lo que hace al aumento de los rendimientos. En la década de 1990, en nuestro país, el rinde promedio por hectárea alcanzó las 2,535 tn/ha, mientras que, en la década del 2000, ese promedio creció un 17,89%, alcanzando las 2,988 tn/ha. Ello obedeció en gran medida al rezago tecnológico y desinversión que caracterizaban al sector agrícola en los años 90 frente al impulso que significó salir de la convertibilidad coincidentemente con una coyuntura internacional de grandes aumentos de precios de las commodities agrícolas, todo lo cual redundó en un acelerado proceso de tecnificación.

De lo anterior se desprende que difícilmente se pueda replicar la tasa de crecimiento de los rindes experimentada en la década de 2000, más cuando se deberán enfrentar los inevitables aumentos de precio del petróleo, insumo básico para una agricultura tecnificada.

Es entonces que una proyección optimista sería la de imaginar que el crecimiento de los rindes antes señalado (17,89%), se mantiene como incremento para el rinde promedio correspondiente a la década de 2010, lo cual supone alcanzar un valor promedio de 3,522 tn/ha.

A tales rindes, no resulta posible alcanzar una producción total de 150 millones de toneladas sin un aumento del área sembrada.

Para alcanzar el objetivo establecido, con un rinde promedio de 3,522 tn/ha, resultará necesario cosechar 42.589.438 ha o, de acuerdo con la relación promedio establecida entre área sembrada y área cosechada, se requerirá sembrar en total 48 millones de hectáreas.

Considerando los datos correspondientes a los últimos 10 años, el área media sembrada fue de 28 millones de hectáreas, por lo que se requerirá sembrar 20.000.000 ha adicionales.

Hemos visto que, según el Plan Estratégico Agroalimentario, se estimaba un aumento de un 20% en el área sembrada – aproximadamente 5 millones de hectáreas – y según el negocio como de costumbre, el aumento del área sembrada podría alcanzar un 70%. Cabe entonces preguntarse cómo se podrán sumar entre 5 y 20 millones de hectáreas al área sembrada sin hacerlo a expensas de ecosistemas vitales, como, por ejemplo, nuestros bosques y humedales.

En los últimos años, de la mano de la monocultura sojera, la frontera agropecuaria avanzó fundamentalmente en dos regiones: en el NEA, donde el área sembrada aumentó, entre las campañas 1997/98 y 2004/05, en un 417%, y el NOA donde para similar periodo, el aumento fue de un 220%.

Dos regiones que albergan al Parque Chaqueño y las Yungas que, según datos del Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos, basado en imágenes Landsat 5 TM (años 1998/1999) y Spot (año 1995) contenían unas 25 millones de hectáreas de tierras forestales, el 80% de los bosques nativos remanentes de nuestro país. Obviamente, esas tierras fueron sometidas a intensos procesos de deforestación durante la década del año 2000, tal como surge del trabajo realizado por la Dirección de Bosques de la SAyDS: “Pérdida de Bosque Nativo en el Norte de Argentina”. El área de estudio abarcó aquellas zonas que habían sido afectadas fuertemente por el proceso de deforestación localizadas en las provincias de Chaco, Santiago del Estero, Salta y una pequeña porción de Jujuy, la evaluación definió que el área deforestada entre 1998 y 2008 alcanzó 1.700.000 ha, parte de ella se concretó incluso durante el periodo de prohibición de desmontes establecido por la ley nacional 26.331 de presupuestos mínimos de protección ambiental de los bosques nativos.

Como vemos, las hectáreas adicionales que se requiere sembrar para alcanzar una cosecha de 150 millones de toneladas de granos varían entre el 25% y el 100% de los bosques nativos remanentes en la zona de expansión de la frontera agropecuaria.

Resulta importante aquí analizar dos síndromes de insostenibilidad: el síndrome de “agriculturización” y el “pamphúmedo”.

Las evidencias indican que, en Argentina, el “acoplamiento” existente entre los aumentos de producción agrícola y los aumentos del área sembrada/cosechada se manifiestan con la expansión de la frontera agrícola en dos escenarios preferenciales: noroeste (NOA) y al noreste argentino (NEA).

Me propongo aquí demostrar la existencia de un “síndrome de insostenibilidad”, el síndrome “Pamphúmedo”, emergente a partir del traslado del modelo pampeano a otras regiones caracterizadas por su fragilidad ambiental y su vulnerabilidad socio-económica.

Debo aclarar que la identificación de la problemática descripta -la exportación del modelo agrícola pampeano a las regiones marginales- no resulta novedosa y solo lo es en cuanto al enfoque aquí presentado, a saber, su caracterización como síndrome de sostenibilidad o mejor, de insostenibilidad.

La metodología de los “Síndromes de Cambio Global y de Sostenibilidad” fue desarrollada por el Potsdam Institute for Climate Impact Research para el Consejo Consultivo Alemán sobre Cambio Global y se basó en considerar que las interacciones entre las sociedades humanas y el ambiente frecuentemente operan siguiendo patrones típicos, patrones funcionales (síndromes) de interacciones socio-ambientales que hasta cierto punto resultan repetibles. La tesis subyacente en esta particular visión es que los complejos problemas globales del ambiente y el desarrollo se pueden atribuir a un número discreto de patrones de degradación del ambiente.

El conjunto de amenazas – presentes en el proceso de desarrollo – a la integridad, productividad y capacidad de adaptación de los sistemas de apoyo vital, tanto naturales como sociales pueden entonces visualizarse como un conjunto sintomático que por sus características posee cierta identidad, un grupo significativo de síntomas y signos que concurren en tiempo y forma, por variadas causas, para llevar el proceso de desarrollo hacia un curso insostenible.

Así visualizado, el problema de la insostenibilidad puede asimilarse a un “síndrome” tal como se lo emplea en medicina, el cual resulta “plurietiológico”, demandando por lo tanto el análisis de sus manifestaciones semiológicas y de sus modelos causales.

Para el caso de Argentina, Rabinovich y Torres,[32] han desarrollado cuatro síndromes específicos: Patagonia; Carpincho; Trinquete y Agriculturización.

El último de los mencionados, el Síndrome de Agriculturización, se centra en la Pampa Húmeda y los autores lo han enfocado esencialmente en los cambios de uso del suelo que operan en esa región destinados a aumentar la producción de cultivos para la exportación a expensas de los usos ganaderos, lo cual se manifiesta en el cambio de la proporción del uso agrícola y ganadero de sus tierras. Tales cultivos se encuentran asociados a tecnologías de insumos y a la concentración de los recursos productivos, que llevan a una mayor degradación y contaminación del ambiente, y a la exclusión social de productores con menores recursos.

De acuerdo con lo anterior, el síndrome “pamphúmedo” se asemeja al de “agriculturización” solo que su efecto es interregional y sus consecuencias son más graves en términos sociales, ambientales y económicos.

En el síndrome “pamphúmedo”, al igual que en el de agriculturización, operan causas esenciales que Rabinovich y Torres identifican como: las tecnologías (de insumos y de procesos), la concentración productiva y los cambios en el uso de la tierra. Pero en el Pamphúmedo, el cambio de usos del suelo no solo se manifiesta por cambios en la proporción de agricultura y ganadería, sino que, además, se verifica un masivo proceso de conversión de usos del suelo, principalmente en la forma de deforestación. A ello se debe agregar la vulnerabilidad socioeconómica que caracteriza a las regiones donde se registra el avance de la frontera agrícola que queda reflejada por los indicadores sociales más desfavorables del país.

El creciente aumento en los precios internacionales de los granos, impulsado como resultado de las tendencias no resueltas de limitación de la oferta,[33] y crecimiento de la demanda,[34] sirvieron de aliciente para el aumento en la producción agrícola. En el caso de Argentina, ese aumento se basó en la intensificación de un paquete tecnológico integrado por el empleo conjunto de variedades de alto rendimiento (fundamentalmente transgénicos), agroquímicos y mecanización, que forman la base de la moderna producción agroindustrial. Si bien ello redundó en el aumento de los rendimientos, por sobre todas las cosas, facilitó la expansión de la frontera agrícola hacia regiones marginales extra pampeanas en las que las condiciones naturales del ambiente restringen el uso agrícola.

El síndrome “pamphúmedo”, se manifiesta como un síndrome de “sobreexplotación” e implica una sistemática violación a las leyes de la sostenibilidad.

Su desarrollo llevó a la degradación e incluso destrucción de los ecosistemas naturales en las áreas de expansión de la frontera agrícola. La deforestación, el sobrelaboreo y sobrepastoreo que le son inherentes, llevaron a la degradación de los suelos, al avance de la desertificación y a la pérdida de la diversidad biológica en todos sus niveles. Como así también, condujeron al aumento de las concentraciones de plaguicidas en la cadena alimentaria.

Mediante la importación de un modelo basado en el despliegue intensivo de energía, capital y tecnologías agrícolas, no solo se impactó sobre la base natural de la producción, sino también en la estructura social, en tanto se importaron métodos de producción ajenos a la región que profundizaron la situación de marginación al enfrentar a las comunidades locales y aborígenes a una degradación cada vez mayor de su ambiente natural. Ello redundó en el aumento de la pobreza, el éxodo rural, una mayor vulnerabilidad a las crisis alimentarias, así como el aumento de la frecuencia de los conflictos políticos y sociales por los recursos escasos.

Un factor externo que aumenta la virulencia del síndrome “pamphúmedo” lo constituyen las políticas proteccionistas y los altos subsidios de energía, materias primas y otros aprovisionamientos por parte de los países desarrollados que agudiza la sobrexplotación en los países del sur global y conduce a una inadecuada internalización de los efectos ambientales.

La propagación del síndrome “pamphúmedo” se encuentra unida al éxito económico y comercial, que a su vez depende de la combinación adecuada de capital, conocimientos técnicos y apoyo político. Este último factor no resulta menor y ha encontrado un importante aliado en las estrategias extractivistas o mejor, “neo-extractivistas”, según la visión de Gudynas,[35] quien destaca que:

Un hecho notable es que a pesar… de la creciente evidencia de su limitada contribución a un genuino desarrollo nacional, el extractivismo goza de buena salud. Las exportaciones de minerales y petróleo mantienen un ritmo creciente, y los gobiernos insisten en concebirlas como los motores del crecimiento económico. Es todavía más llamativo que eso se repite en los gobiernos progresistas y de izquierda. En efecto, varios de ellos son activos promotores del extractivismo, y lo hacen de las más diversas maneras, desde reformas normativas a subsidios financieros. No sólo esto, sino que han generado una versión de agricultura basada en monocultivos y orientada a la exportación, que termina resultando ser una nueva [versión] de extractivismo.

En Primera Estimación del Pasivo Socio-ambiental de la Expansión del Monocultivo de Soja en Argentina,[36] se analiza el impacto económico del extractivismo agrícola que se manifiesta con un particular tipo de pasivo que raras veces es contabilizado y que equivale a la suma de todos los daños no compensados producidos en forma directa e indirecta por las actividades productivas a las comunidades locales o a la sociedad en general y al ambiente; como así también, el valor de los servicios recibidos del ambiente, que hacen posible las actividades productivas y que no son compensados o contabilizados como costos de producción. El pasivo ambiental es en realidad una deuda hacia los titulares del ambiente, hacia la comunidad o país en su conjunto. En el trabajo arriba mencionado, se ha determinado que, computando deforestación, pérdida del servicio ambiental de secuestro y almacenamiento de carbono, erosión de suelos y exportación de nutrientes, el pasivo ambiental del monocultivo de soja en Argentina para la Campaña 2007/2008 totalizó aproximadamente 4500 millones de dólares.

El gran desafío que tenemos por delante es el de sobreponernos al síndrome “pamphúmedo” para lo cual tendremos que abandonar la cultura extractivista de muy negativas repercusiones socio-ambientales y económicas, tal como lo demuestra la larga experiencia regional en la materia, que solo sirvió a una inserción internacional subordinada y funcional al modelo comercial y financiero hegemónico, prácticas que solo se volcaron a la maximización de la renta para pocos y la externalización de impactos sociales y ambientales para muchos.

Entre 1990 y 1996, con unas 20 millones de hectáreas, el área cultivada con cereales y oleaginosas en Argentina se mantuvo estable, no llegando a superar el área cultivada de 1914. Fue recién a finales de la década del año 1990 cuando se registró un salto significativo en la actividad agrícola, alcanzando las 26 millones de hectáreas. Este proceso se afianzó a partir de 2002, como fruto de la salida de la convertibilidad que potenció nuestra competitividad internacional y una insipiente tendencia de aumento en los precios de las commodities, que alcanzó un pico en 2007, particularmente en el caso de la soja.

Superando entre 1,4 y 14 veces la tasa mundial de deforestación, el modelo agroindustrial en nuestro país llevó a la degradación e incluso destrucción de los ecosistemas naturales en las áreas de expansión de la frontera agrícola donde se extendieron los procesos de deforestación, degradación de suelos, avance de la desertificación y pérdida de la diversidad biológica en todos sus niveles.

Si bien antes de la irrupción de la soja ya se experimentaban procesos de deforestación en la región, la aceleración experimentada por el avance de la frontera agropecuaria no reconoce precedentes, motivando una preocupante degradación y pérdida de la diversidad biológica en todos sus niveles. Así, las explotaciones mixtas e intensivas, que son las que arraigan a los productores y sus familias a la tierra, fueron sucumbiendo frente a la descontrolada agriculturización que desplazó a los productores e hizo que abandonen sus chacras, tambos y pequeñas producciones regionales.

Recursos renovables

Un aspecto central involucrado por el concepto de sostenibilidad es el de ajustar las tasas de recolección de los recursos renovables a las tasas de regeneración de estos recursos, de allí que sea necesario tomar en consideración la forma en la que el modelo agroindustrial impacta sobre los suelos.

En las monoculturas transgénicas las demandas de nutrientes claramente superan sus tasas de regeneración, razón por la cual se hace indispensable recurrir al empleo de fertilizantes.

El Ing. Agr. Fernando Miguez,[37] aporta datos sobre los niveles de exportación de nutrientes implicados en el monocultivo de soja, citando a Flores y Sarandón (2002) que estimaron que entre 1970 y 1999 se exportaron 23 millones de toneladas de nitrógeno, fósforo y potasio de la pradera pampeana y que la soja fue responsable del 45,6% de esa pérdida. El costo de reposición de los nutrientes exportados, mediante el empleo de fertilizantes en esos 30 años fue equivalente al 20,6% de los márgenes brutos promedios de la década del ’80 y ’90, a pesos constantes de enero 2000.

Además del empobrecimiento del suelo existen numerosos antecedentes que demuestran que el modelo agroindustrial ha conducido a episodios de compactación, erosión, desertificación, contaminación y/o mineralización del suelo fértil.

En materia de recursos naturales renovables también tenemos que mencionar los impactos del modelo sobre un recurso vital como el agua, con episodios de sobreexplotación y contaminación de acuíferos; sobreexplotación de aguas superficiales y despilfarro del agua.

Emisión de residuos

La eutrofización de ecosistemas acuáticos es claro ejemplo de superación de la capacidad natural de asimilación de la contaminación de los suelos y acuíferos con fertilizantes inorgánicos de origen industrial o extractivo.

La masiva difusión de tóxicos biocidas es otra característica del modelo agroindustrial. En la campaña 2007/08 de soja, se utilizaron el equivalente a 200 millones de litros de Glifosato, herbicida que se lo vincula con numerosos casos de cáncer, malformaciones, alergias de todo tipo, así como enfermedades autoimunes y “raras”, que afectan a los pobladores –especialmente niños y mujeres– sometidos a los efectos de las fumigaciones realizadas en masa en las cercanías o directamente sobre los poblados.

Erosión de suelos, pérdida de diversidad biológica, gravísimos daños a la salud humana y biosférica, cambio climático, agotamiento de los bienes necesarios para el futuro, reprimarización de la economía, concentración de la riqueza, desplazamiento de poblaciones humanas, fomento a la especulación y la absoluta dependencia de los menguantes combustibles fósiles; configuran en conjunto un escenario que nos conduce a preguntarnos sobre la fragilidad, eficiencia y sostenibilidad del modelo agroindustrial.

Conclusiones

En argentina se ha impuesto un modelo agroindustrial bajo la modalidad de monocultivo, con un alto nivel de tecnificación, con una alta inversión de capital, energía y otros recursos, como así también de servicios externos y la ayuda de especialistas. Un modelo económicamente “exitoso”, pero que no resulta sostenible al no poder garantizar en el tiempo sus condiciones de reproducción, tal como ocurre con otras expresiones del extractivismo que históricamente se aplicaron en Latinoamérica, las que en apariencia beneficiaban a los pueblos, países y regiones donde se las desplegaba, cuando en realidad solo beneficiaban con enormes ganancias a muy pocos y su inevitable abandono redundaba en enormes pérdidas sociales, culturales, ambientales, algunas irrecuperables, para esos mismos pueblos, países y regiones.

La principal fuente de insostenibilidad del modelo agroindustrial queda definida por la ausencia de una fuente masiva de energía barata -fundamentalmente gas y petróleo- momento al que nos estamos aproximando. Pero, existen otras fuentes de insostenibilidad como la destrucción de ecosistemas que sucumben al avance de la frontera agropecuaria con secuelas de extirpación e incluso de extinción de especies animales y vegetales, violando un criterio operativo básico de la sostenibilidad: el de “irreversibilidad cero”, como así también el uso intensivo de los suelos, que únicamente pueden recuperar el drenaje de nutrientes mediante la fertilización, la cual es petróleo dependiente, violando otro criterio operativo básico de sostenibilidad: el de “uso sostenible”, por el cual, las tasas de uso, deben ser iguales a las tasas de regeneración de los recursos.

El obligado abandono de los combustibles fósiles (tanto por limitaciones de fuentes, como saturación de sumideros), sumado a los impactos del cambio climático antropogénico, nos deberían llamar a la reflexión en un país en el que hemos basado nuestra economía y nuestra seguridad alimentaria en un modelo agroindustrial a todas luces insostenible, optado por un modelo de producción que resulta extraordinariamente frágil pero que también resulta extraordinariamente difícil de reemplazar, no por carecer de opciones, sino por la inercia económica y cultural que ha adquirido y que lo hace capaz de neutralizar cuanta crítica o advertencia se haga sobre su futuro.

El gran desafío es poder vencer esa inercia que nos hace ir a contramano del verdadero progreso y tomar la decisión de reemplazar el actual insostenible modelo agroindustrial por uno agroecológico, intensivo en conocimientos, trabajo y diversidad, caracterizado por hacer uso de la energía solar, basado en imitar muchas de las estrategias que utiliza la naturaleza para dar estabilidad a los sistemas (en lugar de contrariarla permanentemente), un modelo de producción que no requiera del empleo de agroquímicos ni de insumos externos al ecosistema y que, en definitiva, sea realmente sostenible.

Las decisiones que permitieron el arrollador avance de la frontera agropecuaria fueron adoptadas considerando solo cálculos de rentabilidad económica que dejaron de lado los “valores” que están en juego cuando se opta por un modelo de desarrollo, valores que pertenecen a la esfera socioambiental y que no son reductibles a unidades monetarias.

Resulta urgente y necesario un cambio copernicano del paradigma económico dominante y en tal dirección, habrá que pensarnos como sujetos activos y no como sujetos pasivos librados a las leyes de un supuesto mercado inteligente, ni a sus efectos socioambientales. Como artífices de un modelo de desarrollo diferente en el que desarrollo social, progreso económico y protección ambiental, sean alcanzados en forma conjunta y equilibrada, en el que se desvincule al progreso económico de la degradación ambiental y en el que se combata la pobreza, modificando las insostenibles modalidades de producción y consumo, mientras se protege y ordena la base de recursos naturales del desarrollo económico y social.

Un modelo de producción absolutamente insostenible

Las monoculturas de exportación son un modelo absolutamente insostenible y lejos de mitigar, agravan los efectos adversos del cambio climático. Sus indicadores muestran que la agroindustria no satisface criterios básicos que tornan operativa la definición de desarrollo sostenible y no tiene en cuenta las consecuencias ecosociales que genera.

El modelo resulta absolutamente insostenible a partir de su exigencia y total dependencia de los combustibles fósiles, al punto de haberse transformado en un proceso energéticamente deficitario, que exige un aporte de kilocalorías superior al que posteriormente se obtiene en forma de alimentos. En la agroindustria más del 95% de las entradas energéticas externas proviene de la quema de combustibles fósiles o de productos derivados de los mismos. Así, por ejemplo, en la cuna del modelo agroindustrial, Estados Unidos, su sistema agroalimentario tomado en conjunto, funciona con rendimiento de 1:10 lo que significa que para poner una caloría sobre la mesa se invierten diez calorías petrolíferas, y en el cultivo de verduras de invernadero durante el invierno llegan a alcanzarse valores tan disparatados como 1:575.

Vemos entonces que la agroindustria es un proceso que convierte energía fósil no comestible en energía comestible lo cual convierte al proceso en absolutamente insostenible en tanto el cenit del petróleo y la obligada descarbonización de la economía, inevitablemente conducen al fin de la actual sociedad fosilista y con ella, obviamente también, al fin de la agroindustria. Es la fragilidad del modelo energético la que torna extremadamente frágil al modelo agroindustrial, poniendo en cuestión la seguridad alimentaria, convirtiendo en amenaza lo que hasta ahora se consideraba la forma más eficiente y eficaz para la producción de alimentos.

Pero el modelo es absolutamente insostenible porque además de su deficitario balance energético, otras características que le son inherentes así lo definen, tales como la extrema uniformidad de las monoculturas transgénicas y la pérdida de biodiversidad funcional que origina su práctica lo que ha redundado en crecientes pérdidas de estabilidad de los propios agroecosistemas.

Cuando se afirma que el modelo de producción de alimentos que se desarrolla en la región tiene en cuenta el plano ambiental, económico y social, lo que no se tiene en cuenta son las externalidades de un modelo que genera diferentes y graves formas de contaminación y ruptura de ciclos naturales vitales, donde la eutrofización de ecosistemas acuáticos es claro ejemplo de superación de la capacidad natural de asimilación de la contaminación de los suelos y acuíferos con fertilizantes. Menos aún se tiene en cuenta la masiva difusión de biocidas vinculados con numerosos casos de cáncer, malformaciones, alergias de todo tipo, así como enfermedades autoimunes y “raras”, que afectan a los pobladores –especialmente niños y mujeres– sometidos a los efectos de las fumigaciones realizadas en masa en las cercanías o directamente sobre los poblados.

Menos aún son tenidos en cuenta los procesos de deforestación que motoriza el avance de la frontera agropecuaria a tasas que no reconocen antecedentes, como las que se registran en la selva amazónica, o como en el caso de nuestro país, donde en la región del parque chaqueño se superaron entre 1,4 y 14 veces la tasa mundial de deforestación, agudizando los procesos de degradación de suelos, avance de la desertificación y pérdida de la diversidad biológica en todos sus niveles.

Tampoco es tenida en cuenta la fractura en la relación metabólica establecida entre los seres humanos y la naturaleza y la profundización de desigualdades sociales propias de un modelo que agudiza la situación de marginación al enfrentar a las comunidades locales e indígenas a una degradación cada vez mayor de su ambiente natural, redundando en el aumento de la pobreza, el éxodo rural, una mayor vulnerabilidad a las crisis alimentarias, así como el aumento de la frecuencia de los conflictos políticos y sociales por recursos escasos.

Cuando se afirma que el modelo tiene en cuenta el plano económico lo que parece no tenerse en cuenta es que, la lógica económica inherente al modelo agroindustrial lleva –inevitablemente- a la concentración productiva, con desplazamientos de los productores de pequeña y mediana escala que van dando paso a la gran industria del campo, integrada a los agronegocios y a las cadenas de exportación. Esa misma lógica conduce a la sobreexplotación del capital natural, con repercusiones a largo plazo para el ambiente, que son absolutamente ignoradas. Los enormes beneficios económicos que genera el modelo raramente quedan en la región que los origina y por tratarse de sistemas de producción altamente mecanizados y automatizados, requieren una fuerza de trabajo pequeña, perdiendo así su legitimación social como fuentes generadoras de empleo.

Erosión de suelos, pérdida de diversidad biológica, gravísimos daños a la salud humana y biosférica, cambio climático, descontroladas quemas de campos, agotamiento de los bienes necesarios para el futuro, reprimarización de la economía, concentración de la riqueza, desplazamiento de poblaciones humanas, fomento a la especulación y la absoluta dependencia de los menguantes combustibles fósiles; configuran en conjunto un escenario que conduce a considerar al actual modelo agroindustrial de monoculturas para la exportación como un modelo absolutamente insostenible.

Extractivismo: la sombra del saqueo

Un fantasma recorre Latinoamérica: el fantasma del antiextractivismo. Todas las fuerzas de la vieja política se han unido en santa cruzada contra ese fantasma: conservadores; neoliberales; anarcocapitalistas y neoprogresistas. Monolítica unidad frente a cualquier voz que se levante contra el orden neocolonial y sus prácticas extractivistas.

Ahora bien; que lo hagan conservadores, neoliberales y anarcocapitalistas no debe sorprender ni preocupar, resulta inherente a sus ideologías, pero resulta irritante que lo hagan dirigentes y militantes del campo nacional y popular en representación de movimientos que aquilatan una larga historia de lucha contra la entrega y el saqueo, en defensa de los intereses de las clases oprimidas, levantando la bandera de la lucha contra el imperialismo.

Indigna verlos hoy levantar sus voces en defensa de todas y cada una de las aventuras extractivistas que proponen las transnacionales y sorprende la miopía política que los hace caer en una verdadera simplificación, donde imaginan que el ecologismo se opone a los extractivismos única y exclusivamente por sus impactos ambientales.

Al enfrentar las críticas a sus estrategias extractivistas encumbrados referentes del neoprogresismo latinoamericano hablan de “arma ideológica” del ambientalismo de derecha; de sombra de la restauración conservadora; calificando de terrorista a todo aquel que se opone al extractivismo y de un plumazo, el ambientalismo se transforma en el nuevo colonialismo del siglo XXI.

¿Oponerse al extractivismo heredado de la colonia, se transforma en colonialismo del siglo XXI? Como dijera Bertolt Brecht: que tiempos serán los que vivimos, que hay que defender lo obvio.

En Argentina, algunos dirigentes o militantes del campo popular, en defensa de los extractivismos que se intentan promover desde el gobierno, encabezan el ataque contra todo aquel que manifieste algún reparo frente a megaproyectos o promociones de actividades extractivistas, a todas luces insostenibles.

En su afán por frenar el avance de la conciencia ambiental en el campo nacional y popular, no dudan en apelar a la denuncia de infiltración ecológico-trotskista del movimiento nacional e incluso, en el paroxismo argumental, lanzan una cruzada para deconstruir las ideas del extractivismo como expresión del saqueo. Estos cruzados del productivismo nacional y popular no se limitan a establecer los límites de su propio campo de acción, sino que establecen también cuales son los límites que separan a los “verdaderos ecologistas” de los “falsos ecologistas”. Para ellos, un verdadero ecologista, un “ecologista serio”, no tiene que perder el tiempo hablando de extinciones, fracking, glifosato o energía nuclear.

Pero allí no termina el ataque. Advierten que, al ser las actividades extractivistas las que pueden aportar más dólares, oponerse a ellas, termina siendo funcional al imperialismo y una de las formas más perversas del antidesarrollo. Una verdadera paradoja, porque no hay actividades que resulten más funcionales al imperialismo y redunden en el subdesarrollo, que las actividades extractivistas que se pretenden levantar como el remedio a todos nuestros males. Allí está la historia latinoamericana para atestiguarlo, desde la economía de rapiña colonial al paleoextractivismo neoliberal y el neoextractivismo progresista. Allí está la nueva división internacional del trabajo emergente de la reestructuración neoliberal que le asignó a la fracción de la periferia en que habitamos el rol de proveedores mundiales de materias primas y bienes ambiente-intensivos. Rol que el neoprogresismo latinoamericano asume como designio divino e inmutable y para sostener empleos, salarios y políticas sociales, como si se tratara de un acto revolucionario, lanzan y defienden con uñas y dientes, no los recursos naturales, sino su modelo extractivista.

Al advertir sobre los riesgos ecosociales de los proyectos extractivistas, el ecologismo cuestiona en realidad la concepción productivista que los inspira y el modelo de organización de la economía que se ha instalado en la región.

No se trata de oponerse caprichosamente a cualquier actividad que implique el acto de extraer recursos naturales, sino de cuestionar aquellas que resultan capital intensivas, directa o indirectamente impulsadas por corporaciones trasnacionales, involucrando la extracción y/o remoción de recursos naturales, en gran volumen o alta intensidad, con bajo o ningún procesamiento en origen y cuyo destino -mayoritariamente- es la exportación; desarrolladas en países con alta dependencia de la extracción y exportación de recursos naturales. Se trata de actividades con graves impactos ambientales y altos riesgos ecosociales y en el caso de Latinoamérica ingresan en esta clasificación la minería a gran escala a cielo abierto, la explotación hidrocarburífera y los monocultivos de exportación.

Verdadera miopía política no advertir que el modelo extractivo-exportador lo único que garantiza es una cada vez mayor dependencia económica y política respecto de los países compradores de nuestras materias primas y de los vaivenes del mercado mundial; ensanchando la desigualdad en el intercambio comercial; desincentivando el desarrollo de otras áreas económicas que resultan vitales para un proyecto nacional, realmente sostenible.

Verdadera miopía política, demuestran aquellos que acusan al antiextractivismo de allanar el camino a la restauración neoliberal en tanto, como muy bien lo resume Machado Araoz,[38]  la etapa neoextractivista antes que ser la contracara de tal restauración, es la culminación de un proceso que tiene sus orígenes en

la violencia extrema de los terrorismos de Estado drásticamente impuestos durante los ’70 y prolongada en la economía del terror de los ’80, mediante la violencia disciplinadora-racionalizadora de la expropiación, iniciada con la deuda externa y los ajustes estructurales; prolongada y completada, luego, con la ola de privatizaciones, apertura comercial, desregulación financiera y flexibilización laboral de los noventa, fase a partir de la cual, la violencia se torna endémica y se abre la etapa de la naturalización desde los primeros años del 2000 y que rige hasta nuestros días, bajo las formas fetichizadas de la fantasía desarrollista que alienta la voracidad del extractivismo.

Machado Araoz sintetiza la cuestión de la siguiente manera

Así, usualmente festejado como ‘salida’ del neoliberalismo, la instauración del extractivismo viene a significar, en realidad, su fase superior; el desarrollo de un nuevo ciclo de re-colonización del continente. Se completa la imposición de lo que Scribano ha caracterizado como un nuevo régimen de sujeción colonial (Scribano, 2010). En un contexto de agotamiento del mundo, cuando el imperialismo ecológico históricamente ejercido no basta ya para suturar la devastación inevitable del metabolismo social del capital, la ley de la acumulación se torna, más cruentamente, ‘acumulación por desposesión’ (Harvey, 2004). Estamos en la fase del capitalismo senil, en el que todas las formas de la violencia colonial convergen y coexisten en un mismo escenario socio-histórico: el terror de la represión y la criminalización de las protestas; la violencia expropiatoria que expulsa a las poblaciones de sus territorios: la inversión que las despoja de sus fuentes de nutrientes, de agua, de aire y de energía; en fin, la violencia sutil del fetichismo, ese que amortigua los cuerpos; que usurpa sus emociones y sentimientos y, bajo el influjo de las mercancías de moda, coloniza sus deseos y domina sus almas. (Machado Araoz, 2012)

Verdadera miopía política de aquellos que no logran desprenderse de las excorias de un anacrónico desarrollismo, que les impide ver los catastróficos resultados de los modelos basados en la depredación de los recursos naturales que solo sirvieron para alejar a la región de los objetivos básicos de justicia social, independencia económica, soberanía política y prudencia ecológica, todo ello en el marco de una integración regional solidaria.

La situación es clara, mientras con una mano nos endeudan con préstamos que les retornan como fuga de capitales; con la otra mano aspiran las riquezas naturales para cobrar esas deudas espurias e incobrables. Y en ese escenario, la dirigencia -supuestamente progresista- grita en las tribunas que la palabra ajuste ha sido enterrada, mientras impulsa las más variadas aventuras extractivistas, como si ellas no fueran las formas más perversas del saqueo y, por lo tanto, uno de los más perversos ajustes.

Frente a la utopía “neoprogresista” de salir del extractivismo con más extractivismo, el ecologismo político platea salir de este sistema alienante, dejar atrás esta cultura insostenible y para ello levanta las utopías realizables de una sociedad en que se reemplace la razón productivista, su mercadolatría y tecnolatría, por una razón ecosocial, convivencial y verdaderamente sostenible.

Hoy, más que nunca, debemos decir no a los extractivismos y su fantasía desarrollista y si a la transición hacia una sociabilidad convivencial y un desarrollo verdaderamente sostenible.

Sentir que 530 años no es nada

Hace 530 años los reyes de Castilla y Aragón recibían una carta de Cristóbal Colón, anunciando su “descubrimiento” y en uno de sus párrafos hacía la siguiente descripción de La Española, la isla a la que había arribado en 1492.

Hay palmas de seis o ocho maneras, que es admiración verlas, por la deformidad hermosa de ellas, mas así como los otros árboles y frutos e hierbas. En ella hay pinares a maravilla y hay campiñas grandísimas, y hay miel, y de muchas maneras de aves, y frutas muy diversas. En las tierras hay muchas minas de metales, y hay gente en estimable número. La Española es maravilla; las sierras y las montañas y las vegas y las campiñas, y las tierras tan hermosas y gruesas para plantar y sembrar, para criar ganados de todas suertes, para edificios de villas y lugares. Los puertos de la mar aquí no habría creencia sin vista, y de los ríos muchos y grandes, y buenas aguas, los más de los cuales traen oro. En los árboles y frutos e hierbas hay grandes diferencias de aquellas de la Juana. En ésta hay muchas especierías, y grandes minas de oro y do otros metales. (Año 1493)

Hoy, a 530 años del inicio del saqueo de los territorios de américa, la jefa del Comando Sur de Estados Unidos, Laura Richardson, en el «think tank» Atlantic Council explicó de la siguiente manera, por qué a Washington realmente le importa Latinoamérica.

¿Por qué es importante esta región? Con todos sus ricos recursos y elementos de tierras raras, tienes el triángulo de litio, que hoy en día es necesario para la tecnología. El 60 % del litio del mundo está en el triángulo de litio: Argentina, Bolivia, Chile …las reservas de petróleo más grandes, incluidas las de «crudo ligero y dulce descubierto frente a Guyana hace más de un año». «Tienes los recursos de Venezuela también, con petróleo, cobre, oro», destacando además la importancia del Amazonas, «los pulmones del mundo». Por otro lado, «tenemos el 31 % del agua dulce del mundo en esta región», concluyendo que a EE. UU. le queda «mucho por hacer» y que «esta región importa». «Tiene mucho que ver con la seguridad nacional y tenemos que empezar nuestro juego. (Año 2023)

Como puede verse en el siguiente cuadro, entre las principales exportaciones de commodities por parte de los países de Latinoamérica y el Caribe (LAyC) entre 2015 y 2019 la proporción media anual de los productos básicos en las exportaciones totales de mercancías varía desde un mínimo de 63,9% para Brasil y un máximo de 96% para Surinam lo que ilustra sobre la muy alta dependencia de Latinoamérica y en particular de América del Sur de las exportaciones de commodities. Téngase en cuenta que, cuando las commodities representan 60% o más de las exportaciones de un país, ese país es calificado como país en desarrollo dependiente de productos básicos (Commodity Dependent Developpement Country – CDDC).

 


El hilo conductor entre aquella descripción de Colón y la que hoy hace la jefa del Comando Sur de Estados Unidos es el extractivismo que tiene en el Tratado de Tordesillas,[39] su acta legal fundacional.

Muy bien lo explica Machado Araoz,[40] al afirmar que:

El extractivismo instituye la separación entre las metrópolis y sus satélites; establece el centro y sus periferias; delinea la geografía de la extracción, como geografía subordinada, dependiente, proveedora, estructurada por y para el abastecimiento de la geografía del centro, la del consumo y la acumulación. El extractivismo además nos refiere a la forma de relacionamiento que las fuerzas hegemónicas de la modernidad imponen sobre la entidad “naturaleza”, basada en su concepción como puro objeto, objeto de conocimiento y de explotación.

Por otra parte, lo declarado por la jefa del comando sur responde a una incontrastable realidad: la economía de Estados Unidos resulta altamente dependiente de las importaciones de materias primas básicas, tal como puede apreciarse en el siguiente cuadro en el que se consigna, para los diferentes minerales, el porcentaje de dependencia neta de sus importaciones.

También resulta muy ilustrativo verificar la relación deficitaria que mantiene Estados Unidos entre la Huella Ecológica (HE) de su población respecto de la Biocapacidad (B) del país. Situación que puede apreciarse en el siguiente gráfico, en el que el sector rojo por encima de su B corresponde a su Déficit Ecológico (DE).

Es de hacer notar que el DE en Estados Unidos se cubre mediante la “importación” (extractivismo mediante) de la B de terceros países, entre ellos, claro está, los de LAyC. Países que, pese a mostrar Superávit Ecológico (SE) en su relación entre HE y B, muestran una muy preocupante tendencia declinante de su B que los transformará, en pocos años más, en deficitarios.

Sentir que 530 años no es nada resulta una verdadera tragedia si nos detenemos para reflexionar sobre los escalofriantes datos que revela Darcy Ribeiro,[41] cuando afirma que:

En el curso de los tres siglos de colonización, el continente sudamericano llegó a tener 130 millones de habitantes. Hoy tenemos apenas 30 millones. Un balance aproximado, pero aún conservador, estima que murieron más de 66 millones de amerindios. El continente fue arrasado por una mortandad inconcebible, cuyo horror sólo se compara con el exterminio de los esclavos africanos en las Américas.

Se trata de uno de los mayores, sino el mayor genocidio registrado en la historia. Para Héctor Alimonda,[42] la conquista del continente por los europeos ha sido una de las experiencias más violentas y radicales de la historia de la humanidad;[43] un gigantesco dispositivo de reordenamiento social y ambiental de los territorios en función del establecimiento de lo que ha sido denominado economía de rapiña. Rapiña que, con otras formas y modales, detrás de las mismas y de nuevas materias primas, continua intacta en lo esencial.



[1] Para ampliar los conceptos sobre Estados centrales y áreas de la semiperiferia, periferia y arena exterior de la economía-mundo ver las definiciones de Immanuel Wallerstein en El moderno sistema mundial: la agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI.

[2] Químico holandés, ganador del premio Nobel de química en 1995 por sus investigaciones sobre la incidencia del ozono en la atmósfera.

[3] Resultan sumamente impactantes e ilustrativos los datos sobre crecimiento y decrecimiento exponencial registrado en todas las variables significativas a partir de la década del año 1950 que proporciona el International Geosphere-Biosphere Programme (http://www.igbp.net/).

[4] Disponible en: (http://www.igbp.kva.se/)

[5] Sistema de indicadores desarrollado por Mathis Wackernagel y William Rees de la Universidad de Columbia Británica.

[6] Capacidad biológica o biocapacidad («biological capacity or biocapacity»): La capacidad de los ecosistemas de producir materiales biológicos útiles y absorber los materiales de desecho generados por los seres humanos, usando esquemas de administración y tecnologías de extracción actuales. “Materiales biológicos útiles” se definen como aquellos usados por la economía humana, mientras lo que se considera “útil” puede cambiar de año a año (e.g. el uso de hojas de maíz para la producción de etanol podría resultar en las hojas de maíz convirtiéndose en un material útil, y así incrementar la biocapacidad de la tierra de cultivo de maíz). La biocapacidad de un área se calcula multiplicando el área física actual por el factor de rendimiento y el factor de equivalencia apropiado. La biocapacidad generalmente se expresa en hectáreas globales como unidad.

[8] El mecanicismo comienza a desarrollarse a finales del siglo XVI con Sir Francis Bacon, quien se esforzó por demostrar que la ciencia no era diabólica, que no era perjudicial para el hombre y que podía conciliarse con la religión. Es a partir de Bacon que comienza a desarrollarse el proyecto científico occidental para conquistar y controlar la naturaleza y también comienza a imponerse la idea de un mundo similar a una máquina. A mediados del siglo XVII emerge la figura de Rene Descartes que creía que la clave del universo se hallaba en su estructura matemática y, para él, ciencia era sinónimo de matemáticas. Pensaba que la matemática era el lenguaje de la naturaleza y que el universo material era una máquina. La naturaleza funcionaba de acuerdo con unas leyes mecánicas, y todas las cosas del mundo material podían explicarse en términos de la disposición y del movimiento de sus partes. A principios del siglo XVIII, Isaac Newton en su libro Principios Matemáticos de la Filosofía Natural, describe su ley de la gravitación universal y postula que todos los fenómenos físicos se reducen al movimiento de partículas de materia provocado por su atracción mutua.

[9] Pollard, S. (1968). The Idea of Progress. Londres: C. A. Watts.

[10] Machado Aráoz, H. (2015). “Ecología Política de los regímenes extractivistas. De reconfiguraciones imperiales y re-exsistencias decoloniales en nuestra América”, Bajo el Volcán, 15(23):11-51.

[11] Dávalos, P. (2014). Recursos naturales y estrategia de la UNASUR. Alí Rodríguez y el discurso extractivista latinoamericano, documento electrónico: https://www.biodiversidadla.org/Documentos/Recursos_naturales_y_estrategia_de_la_UNASUR._Ali_Rodriguez_y_el_discurso_extractivista_latinoamericano

[12] Gudynas, E. (2009). “Diez Tesis Urgentes sobre el Nuevo Extractivismo: Contextos y demandas bajo el progresismo sudamericano actual”, documento electrónico: http://www.gudynas.com/publicaciones/GudynasNuevoExtractivismo10Tesis09x2.pdf

[13] Gudynas, E. (2018): Extractivismos: el concepto, sus expresiones y sus múltiples violencias, PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global Nº 143, pp. 61-70

[14] Merenson, C. (2016). Documento electrónico: https://laereverde.com/2016/03/30/del-productivismo-a-la-convivencialidad/

[15] Walt Whitman Rostow, historiador y economista norteamericano, es el autor de la teoría sobre las etapas del crecimiento económico, que postula la existencia de cinco etapas en las que se puede encuadrar un país en función de su proceso de crecimiento económico y que son: sociedad tradicional; condiciones previas al despegue; despegue; camino hacia la madurez y era de alto consumo en masa.

[16] Latouche, S. (2009). Pequeno tratado do decrescimento sereno, wmf martinsfontes SÃO PAULO.

[17] Riechmann, J. (1995) Capítulo 1: “Desarrollo sostenible: la lucha por la interpretación” del libro “De la economía a la ecología” (Riechmann J., Naredo J.M. et al; 1995).

[18] Antes de ser vicepresidente, Wal­lace había sido secretario de agricultura y, antes de es­to, tuvo un importante puesto y fue fundador de la principal empresa de maíz híbrido en Estados Unidos: Pioneer Hi-Breed.

[20] Solow, R., en Intergenerational equity and exhaustible resources afirma que: El mundo puede continuar de hecho sin recursos naturales, de manera que el agotamiento de recursos es una de aquellas cosas que pasan, pero que no es una catástrofe.

[21] A manera de ejemplo se puede mencionar la "Teoría del Valor" según la cual solo lo escaso tiene valor económico. Como lógica consecuencia, ella directamente conduce al "Principio de la escasez" por el cual la demanda de los individuos en cuanto a bienes siempre debe superar la oferta disponible de estos. Principio que modeló la “Ideología de la escasez” que incluye en su modelación de la realidad sólo lo escaso, excluye de la realidad lo no escaso y genera amplias zonas de invisibilidad, con lo cual su acción es la de colonizar lo abundante transformándolo en escaso, haciéndolo así económicamente visible.

[22] Daly, H. E. (2007). “Criterios operativos para el desarrollo sostenible”. En: https://dfedericos.files.wordpress.com/2013/01/ok_criterios_operativos_para_el_desarrollo_sostenible_daly1.pdf

[23] Citado por Jorge Riechmann en “Desarrollo Sostenible: la lucha por la interpretación”. En: http://www.istas.ccoo.es/descargas/desost.pdf

[24] Carpintero, O. y Naredo, J.M. 82006). “Sobre la evolución de los balances energéticos de la agricultura española, 1950-2000”, Historia Agraria Nº 40

[25] Riechmann, J. (2018). “Alimentar a la población humana en el siglo XXI”. En: http://istas.net/descargas/Alimentar%20a%20la%20poblaci%C3%B3n%20humana%20en%20el%20siglo%20XXI.pdf

[26] Sempre, J. (2013). “Alternativas a la crisis. ¿Cómo afrontar la futura escasez de energía?” En: http://www.espai-marx.net/es?id=7948

[27] Boulding, K. (1966). “The Economics of the Coming Spaceship Earth”

[28] A mediados de 2010, con 14 grados por encima de la temperatura normal, se hizo presente el calor más intenso en los últimos 130 años en Moscú, desatando un caos en el que se perdieron 56.000 vidas, acarreando costos económicos superiores a los USD 300 mil millones.

[29] Riechmann, J. (2003). “Cuidar la T(t)ierra. Políticas agrarias y alimentarias sostenibles para entrar en el siglo XXI”. Icaria Editorial

[30] Indicadores agrícolas del Instituto de Estudios Económicos de la Sociedad Rural Argentina.

[31] Trigo, maíz, avena, cebada, centeno, sorgo, arroz, alpiste, mijo, girasol, lino, maní y soja.

[32] Rabinovich, J. E. y F. Torres. 2004. Caracterización de los síndromes de sostenibilidad del desarrollo: El caso de Argentina. Serie Seminarios y Conferencias. Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Documento LC/L.2155-P. Santiago, Chile. 97 págs.

[33] Las tres principales tendencias que impulsan el consumo de alimentos han sido y son: el creciente consumo de proteína animal a base de cereales, el crecimiento de la población y el creciente empleo de granos para la producción de biocombustibles.

[34] Entre las tendencias que limitan la oferta de alimentos se encuentran la erosión de los suelos y la expansión de los desiertos; la sobreexplotados de acuíferos; las caídas de las cosechas por el aumento de olas de calor; el derretimiento de glaciares de montaña que alimentan los principales ríos y sistemas de riego; la pérdida de tierras de cultivo por usos no agrícolas; la reducción y encarecimiento de los suministros derivados del petróleo.

[35] Gudynas, E. (2009). “Diez Tesis Urgentes sobre el Nuevo Extractivismo: Contextos y demandas bajo el progresismo sudamericano actual”, documento electrónico: http://www.gudynas.com/publicaciones/GudynasNuevoExtractivismo10Tesis09x2.pdf

[36] Merenson, C.  (2014) “Primera Estimación del Pasivo Socio-ambiental de la Expansión del Monocultivo de Soja en Argentina”. En: https://laereverde.com/articulos/primera-estimacion-del-pasivo-socio-ambiental-de-la-expansion-del-monocultivo-de-soja-en-argentina/.

[37] Miguez, F. (2006). Análisis de la rentabilidad del cultivo de soja en Argentina. Agronomía y ambiente, 26(1), 77-86.

[38] Machado Araoz, H. (2012). Orden neocolonial, extractivismo y Ecología Política de las emociones, documento electrónico: 

http://ecologiapoliticadelsur.com.ar/uploads/filemanager/Orden%20neocolonial,%20extractivismo%20y%20ecolog%C3%ADa%20pol%C3%ADtica%20de%20las%20emociones-Machado%20A..pdf

[39] El Tratado de Tordesillas se firmó el 7 de junio de 1494, ​ entre los representantes de Isabel y Fernando, reyes de Castilla y de Aragón, por una parte, y los del rey Juan II de Portugal, por la otra. Este tratado estableció un reparto de las zonas de navegación y conquista del océano Atlántico y del Nuevo Mundo (América) mediante una línea situada a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, para evitar un conflicto de intereses entre las coronas de España y Portugal. Entre otras cosas el tratado establecía …. que por cuanto entre los dichos señores sus constituyentes hay cierta diferencia, sobre lo que á cada una de las dichas partes pertenece, de lo que fasta hoy dia de la fecha de esta capitulación está por descubrir en el mar … que se haga é señale por el dicho mar Océano una raya, ó línea derecha de polo á polo, convien á saber, del polo ártico al polo antartico, que es de Norte á Sur, la cual raya ó línea se aya de dar, é dé derecha, como dicho es, á tresientas é setenta leguas de las islas del Cabo Verde, hacia la parte del Poniente, por grados ó por otra manera como mejor y mas presto se pueda dar, de manera que no sean mas… é que todo lo que hasta aquí se ha fallado é descobierto, é de aquí adelante se hallare, é descobriere por el dicho señor de Portugal, é por sus navios, asy islas como tierra firme, desde la dicha raya, é línea dada en la forma susodicha, yendo por la dicha parte del Levante dentro de la dicha raya á la parte del Levante, ó del Norte, ó del Sul della, tanto que no sea atravesando la dicha raya, que esto sea, é finque, é pertenezca al dicho señor rey de Portugal é á sus subcesores, para siempre jamas, é que todo lo otro, asy islas, como tierra firme, halladas y por hallar, descubiertas y por descobrir, que son ó fueren halladas por los dichos señores rey é reyna de Castilla, é de Aragón, etc., é por sus navios desde la dicha raya dada en la forma susodicha, yendo por la dicha parte del Poniente, después de pasada la dicha raya hacia el Poniente, ó el Norte, ó el Sul della, que todo sea, é finque, é pertenezca á los dichos señores rey é reyna de Castilla, de León, etc., é á sus subcesores para siempre jamas.

[40] Machado Aráoz, H. (2015). “Ecología Política de los regímenes extractivistas. De reconfiguraciones imperiales y re-exsistencias decoloniales en nuestra América”, Bajo el Volcán, 15(23):11-51.

[41] Ribeiro, D. (1986). O povo brasileiro: a formação e o sentido do Brasil. São Paulo: Companhia das Letras. Página 47.

[42] Alimonda, H: (2002) Una Herencia en Comala. Ambiente & Sociedade – Ano IV – No 9

[43] Alimonda destaca que: La conquista europea significó una dramática interrupción en el curso histórico natural de la población americana, que en la época representaba 20% de la humanidad. Grandes culturas desaparecieron sin dejar muchos más rastros que las ruinas de sus ciudades; pero también desaparecieron pueblos y naciones indígenas no urbanas, sin dejar ningún vestigio. Se trató de un gigantesco etnocidio, que implicó el sacrificio gratuito de universos simbólicos y de tecnologías adaptadas a diferentes ecosistemas del continente, basadas en siglos de paciente observación de los procesos naturales. Al mismo tiempo, es necesario recordar que este etnocidio tuvo expresión muy concreta en la espeluznante mortalidad que arrasó a las poblaciones indígenas. No se trató solamente de la violencia directa de los conquistadores, de los trabajos forzados, del hambre provocada por la desorganización de los sistemas agrícolas. Fue consecuencia también del efecto devastador que tuvieron, sobre la población de América, hasta entonces aislada del resto de la humanidad (y, por lo tanto, con escasa inmunidad), los microorganismos patógenos transplantados al continente por los europeos (CROSBY, 1993; TUDELA, 1992)









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