Crítica
ecologista a la economía neoclásica
Resumen Parte 2 del Volumen IV
Esta
Parte 2 de los Cuadernos se centra en la crítica ecologista al
pensamiento económico neoclásico. Explora sus errores fundamentales, su
incapacidad para abordar la crisis ecosocial global y la necesidad de integrar
los principios de la termodinámica y la ecología en la teoría económica.
También se analizan conceptos como el crecimientismo, el consumismo, la importancia
del capital natural y los paradigmas económicos de frontera y de protección
ambiental.
NOTA:
Edición y corrección en interacción con IA
Introducción:
La Economía Neoclásica y la Crisis Ecosocial Global
La
crítica del ecologismo al pensamiento económico productivista se centra en el pensamiento
de la corriente principal de la economía, al "mainstream” económico
que, en la actualidad, se asocia con la economía neoclásica. Un
pensamiento dominado por un antropocentrismo imperial frente al resto de la
naturaleza; la no aceptación de límites biofísicos al crecimiento; el
crecimientismo; el consumismo y la ignorancia de leyes básicas de la
termodinámica y la ecología.
La economía neoclásica
se desarrolló enfocada en el análisis de la oferta y la demanda, la
maximización del beneficio, la asignación eficiente de recursos y el libre
mercado. Basada en la teoría del equilibrio general y la competencia perfecta,
sus herramientas se asumieron como canon universal para las demás ciencias
sociales, extendiendo su hegemonía sobre los demás ámbitos de interacción
social, incluida la política; al punto de transformarse, parafraseando a Jordi
Pigem,[1] en la primera religión verdaderamente universal. Pigem lo sintetiza de la siguiente manera:
…El ora et labora
dejó paso a otra forma de ganarse el paraíso: producir y consumir. Como ha
señalado David Loy, la ciencia económica “no es tanto una ciencia como la
teología de esta nueva religión”. Una religión que tiene mucho de opio del
pueblo (Marx), mentira que ataca a la vida (Nietzsche) e ilusión infantil
(Freud).
Pero este avance,
arrollador durante el siglo XX, ha ralentizado su marcha. Encerrada en sus
propias contradicciones, la economía de la corriente principal hoy se encuentra
en un callejón sin salida, sin poder dar respuestas frente a las crecientes y
graves consecuencias del cambio climático o de la degradación y pérdida de los
componentes de la diversidad biológica; tampoco puede resolver la crisis del
modelo energético fosilista y menos aún puede justificar el imparable proceso
de concentración de la riqueza. Interactuando y reforzándose mutuamente, estos
procesos han configurado una crisis ecosocial global, que amenaza transformarse
en crisis civilizatoria. En definitiva, la teoría económica y sus indicadores
no pueden explicar cómo, ni por qué, la economía está destruyendo los sistemas
naturales de la tierra y los tejidos sociales de la humanidad.
Si bien los procesos
arriba mencionados reconocen un origen antrópico, ello no significa que todos
los seres humanos tengan la misma responsabilidad. Han sido y son quienes
detentan el poder, los grandes decisores políticos y económicos los
responsables directos del actual estado de cosas. Pero, además, las decisiones
que adoptan los grupos de poder requieren del permanente respaldo de las
tecnoburocracias, esa pléyade de especialistas, siempre prestos para aportar
justificaciones técnicas aun, para aquellas decisiones a todas luces
injustificables. Es entre este heterogéneo grupo de profesionales de la
insostenibilidad que se distinguen los economistas de la corriente principal y
a ellos nos vamos a referir aquí cada vez que hablemos de “economistas”.
El pensamiento económico
de la modernidad es el resultado de la convergencia de tres vertientes
principales: mecanicismo; mercado-crecimientismo y darwinismo social;
convergencia que permanentemente impulsa a la involución de la economía hacia
la crematística.[2]
La mercadolatría y el
darwinismo social extirparon la moral de la teoría económica al considerar que
la búsqueda del interés individual/egoísta es la única manera en la que se
puede generar un orden social armónico.
El mecanicismo y la
tecnolatría condujeron a los economistas a centrar su atención en el empleo de
modelos matemáticos que, como tales, resultan cerrados e inflexibles a partir
de lo cual, comenzaron a mostrar serias dificultades para relacionarse con el
exterior y para saber lo que acontece en el mundo real, fragmentando y
reduciendo la realidad social a sus partes más pequeñas y simples.
Tal es la situación de
irrealidad en la que se ha sumergido a la economía, que uno de sus referentes,
Milton Friedman afirmó que: ...la economía ha llegado a ser cada vez más una
rama arcana de las matemáticas antes que tratar con los verdaderos problemas
económicos; o Ronald Coase para quien: …La economía existente resulta un
sistema teórico [de significado matemático] que flota en el aire y que tiene
escasa relación con lo que sucede en el mundo verdadero.
Cinco errores fundamentales de la economía
- Método incorrecto:
Los economistas emplean razonamientos correlativos y post hoc en
lugar del método científico.
- Visión invertida del mundo:
Consideran el ambiente un subsistema de la economía, ignorando que toda
economía depende del capital natural. Según la Primera Ley de la
Termodinámica, no existe el "capital hecho por el hombre"; todo
capital proviene del ambiente.
- Concepción errónea del dinero:
Ven el dinero solo como medio de intercambio, cuando es también poder
social y político, que perpetúa desigualdades al concentrar poder en manos
de unos pocos.
- Visión distorsionada del ser humano:
Basan su modelo en el Homo economicus, un "maximizador de
utilidades", ignorando la verdadera naturaleza humana, lo que
invalida sus postulados.
- Élan vital económico equivocado:
Consideran la economía impulsada por la creación infinita de dinero,
cuando en realidad depende de recursos energéticos finitos, esenciales e
insustituibles.
Estos errores, según
Hanson, descalifican a la teoría neoclásica como base para comprender la
realidad económica.
Cuestionando el indicador estrella de la economía
medible
El
crecimiento económico se mide mediante el Producto Interior Bruto (PIB) que en
realidad no mide el nivel de nuestro bienestar, no representa un verdadero
ingreso sostenible e impide el adecuado diseño de políticas y de toma de
decisiones al desconocer cuál es el máximo ingreso que puede sostenerse sin
disminuir el capital natural.
Es así como nos
enfrentamos con un verdadero despropósito: mientras se degradan y pierden los
bosques nativos, se erosionan los suelos y se dilapida su fertilidad, se
contaminan los acuíferos, se llevan al borde de la extinción las pesquerías, se
pierden los humedales y la diversidad biológica, todo lo cual es una brutalidad,
nos alegramos hasta la euforia con el incremento del muy “bruto” Producto
Interno Bruto que -sistemáticamente- guía las decisiones hacia la
insostenibilidad de nuestro proceso de desarrollo.
Es la obsesión con el
crecimiento económico la que entronizó el PIB -a manera de dictadura- en la
corriente principal de la economía y en la política tradicional. Un indicador
que, desnaturalizado de su objetivo inicial, terminó siendo utilizado para reflejar
la suma de todos los bienes y servicios que se producen en un año, sin
diferenciar entre cantidad y calidad del crecimiento. Un indicador, muy bien
descripto por Robert Kennedy,[4] cuando
afirmaba que el PIB:
No se interesa por la
salud de nuestros niños, la calidad de su educación o la alegría de sus juegos.
No incluye la belleza de nuestra poesía o la fortaleza de nuestras uniones, la
inteligencia de nuestro debate público o la integridad de nuestros funcionarios
públicos. No mide ni nuestro valor, ni nuestra sabiduría ni nuestra devoción a
nuestro país. En pocas palabras, mide todo, excepto lo que hace que la vida
valga la pena...
Una excelente síntesis de
este perverso y disparatado indicador de la economía medible sobre el que se
han edificado y edifican las fundamentales decisiones que rigen nuestras vidas.
Obviamente, el PIB ajusta a una lógica disparatada: la del sistema-mundo
productivista que lleva a considerar que es el crecimiento económico ilimitado
el fin último de la vida humana. Productivismo, consumismo y fundamentalismo de
mercado, ignorando los límites naturales, apuntalaron la hegemonía de un
subsistema – la economía - que se arrogó la potestad de regir los destinos de
los sistemas mayores: la sociedad humana y la ecosfera. Tal lógica
necesariamente requería de un indicador que midiera todo, menos lo que hace
que la vida valga la pena.
Jorge Riechmann, basándose en Paul Hawken, quien
consideraba que actualmente estamos robando el futuro, vendiéndolo en el
presente y denominándolo Producto Interior Bruto, afirma que:[5]
En realidad, la situación es aún más cruda: estamos
robando del futuro (destrucción de biodiversidad), del pasado (combustibles
fósiles) y del presente (expoliación de recursos naturales y fuerza de trabajo
mal pagada), y lo llamamos PIB.
La visión economicista
conduce al uso y abuso del capital natural. Los recursos naturales, los
ecosistemas, los bienes y servicios naturales raramente son valorados en las
Cuentas Nacionales. Por el contrario, con la venta de los recursos naturales
que se degradan e incluso desaparecen, se nos hace creer que más aumenta
nuestro ingreso y mejora nuestro consumo.
La reducción del objeto de la ciencia
económica
Al concentrarse en el
estudio del dinero; del funcionamiento de los mercados y la formación de
precios; al manejar agregados económicos monetizados como el PIB y la renta per
cápita -más cerca de la crematística que de la economía- el objeto de la
ciencia económica se ha reducido a una mínima parte de la realidad. Muy bien lo
advierte y ejemplifica José Manuel Naredo,[6]
quien considera que de todos los objetos que componen la biosfera y los
recursos naturales, a la economía le interesan solamente aquellos objetos
directamente útiles para ser usados por el hombre o empleados en sus
elaboraciones o industrias; de estos, solo aquellos que han sido apropiados; de
estos, solo aquellos que han sido valorados monetariamente y de estos, solo
aquellos que se consideren productibles; Naredo,[7]
concluye entonces afirmando que aparece así un ambiente inestudiado
compuesto por recursos naturales, todavía no valorados, apropiados o
producidos, y por residuos que, por definición, han perdido su valor.
La errada visión de la economía como sistema
mayor y cerrado
Para la teoría económica
predominante, los procesos de producción se llevan a cabo dentro de un ciclo
cerrado y en aislamiento total del mundo natural. La naturaleza sólo es un
proveedor inerte. Colby (1990),[8] afirma
que: de esa forma, la economía se desembarazó de la naturaleza, tanto en la
teoría como en la práctica.
La economía plantea una
inconsistencia deliberada y desarrolla su teoría como si existiera una
separación entre economía y naturaleza.
En un intento por
economizar la naturaleza -propio de la economía ambiental- plantea el absurdo
de considerar a la economía como si fuera un sistema cerrado que incluye
a la naturaleza como un subsistema abierto.
Pero el como si,
no puede transformar la realidad: en sus dimensiones biofísicas, la economía es
un subsistema abierto del ecosistema terrestre que es: finito, no creciente y
materialmente cerrado donde, obviamente, ninguno de sus subsistemas puede
crecer infinitamente ni rebasar los límites biofísicos sin graves
consecuencias, tal como lo pretenden los economistas.
El crecimientismo: un modelo insostenible
La
idea de considerar al crecimiento económico como el objetivo primordial de la
sociedad y la única manera de lograr el bienestar humano y la reducción de la
pobreza. Para la lógica del crecimientismo, más es siempre mejor. Sin embargo,
en la práctica, no son estos objetivos los que motorizan la necesidad de un
crecimiento perpetuo, sino la búsqueda de ganancias por parte del capital,
incluida la deuda insostenible que genera el tipo de interés compuesto,
elemento clave de los mercados financieros. [9]
Estas fuerzas internas del sistema promueven el crecimiento exponencial sin
importar los impactos ecosociales negativos.
Albert Bartlett sostiene
que al mayor defecto de la raza humana es nuestra incapacidad de entender la
función exponencial, y es esta falta de entendimiento la que amenaza nuestra
supervivencia. [10]
La función exponencial es
una función matemática que describe el tamaño de algo que crece sostenidamente.[11] Pero no solo se puede
crecer exponencialmente, también se puede decrecer de la misma manera. Un
recurso no renovable que, a la tasa actual de consumo, tardaría 10,000 años en
agotarse, con una tasa anual de crecimiento del 10% de consumo, reduciría su tiempo
de agotamiento a tan solo 69 años.
De todo lo anterior se
puede concluir que tasas modestas de crecimiento continuo de un número de cosas
acaban dando rápidamente cantidades colosales; que el crecimiento continuo, aplicado
al consumo de recursos no renovables, lleva a su rapidísimo agotamiento y que
incluso, si el ritmo supera las tasas de renovabilidad, puede llegar al
agotamiento de aquellos recursos considerados renovables; que el crecimiento
continuo de la contaminación puede saturar rápidamente la capacidad de los
sumideros naturales, desatando procesos que amenazan la supervivencia; y que la
mayoría de la gente, particularmente las clases dirigentes y sus
tecnoburocracias, no tienen la menor idea o prefieren ignorar los efectos del
crecimiento continuo. [12]
Uno de tales efectos del modelo de crecimiento continuo
del capitalismo, como lo afirma Giorgio Mosangini,[13] es
que nos ha llevado a vivir en un mundo imposible, un mundo irreal.
El
sistema-mundo productivista ha quedado atrapado en una paradoja: si no hay
crecimiento, el sistema colapsa; y si continúa el crecimiento, se destruyen las
bases físicas que hacen posible ese crecimiento y la vida misma.
El consumismo: Ser vs. Tener
En
el pensamiento productivista, existe una inducida confusión entre “ser” y
“tener” como idea de valor humano, llevando a pensar que más vale quien más
tiene, privilegiando el consumo y la posesión de bienes materiales. Laszlo
sostiene que el consumismo equipara la importancia humana con el consumo y la
posesión de bienes materiales, afirmando que no es sano ni sostenible y tampoco
constituye una causa para admirar o emular.
El analista de mercado
Víctor Lebow,[14]
ofrece una clara definición del consumismo:
Nuestra economía, enormemente productiva, requiere que
hagamos del consumo nuestra forma de vida, que convirtamos en rituales la
compra y el uso de bienes, que busquemos nuestra satisfacción espiritual, la
satisfacción de nuestro ego, en el consumo. Necesitamos que las cosas se
consuman, se quemen, se reemplacen y se desechen a un ritmo cada vez más
acelerado.
Las estrategias empleadas
para alimentar este modelo incluyen la obsolescencia programada, la
obsolescencia percibida y el crédito.
La falsa ilusión de una naturaleza inagotable
Muchos economistas de la
corriente principal, ignorando las leyes básicas de la termodinámica y la
ecología, asumen que los recursos, en términos de materiales y energía, son
inagotables, y que el crecimiento económico global puede continuar eternamente.
Estas creencias sugieren que las diferentes formas de capital pueden ser
sustituibles entre sí indefinidamente, tratando a los recursos naturales como
si proviniesen de mercados en lugar de la naturaleza, llegando a sostener, como
en el caso de Robert Solow,[16] que: el mundo puede
continuar de hecho sin recursos naturales, de manera que el agotamiento de
recursos es una de aquellas cosas que pasan, pero que no es una
catástrofe. Esta visión errónea,
sumada a su fe en las “infinitas” bondades del cambio tecnológico, los hace
imaginar que es posible una explotación ilimitada de los recursos naturales.
El Capital Natural: Un Valor Ignorado por la
Economía
En
la actualidad, las demandas de la economía superan el rendimiento sostenible de
los ecosistemas con lo cual, al consumir insosteniblemente la dotación del
capital natural, la economía está destruyendo sus propios sistemas de apoyo, el mundo biológico cuyo recursos y servicios de los
ecosistemas hacen posible no solo el funcionamiento de la economía, sino la
vida misma. Un capital natural que, pese a proporcionar valores equivalentes a
decenas de billones de dólares cada año, nunca se refleja en las hojas de los
balances.
A manera de ejemplo de
valorización del capital natural citaremos aquí el trabajo de Robert Costanza,[17] que
estimó el valor económico de 17 servicios ecosistémicos para 16 biomas, con
base en estudios publicados y algunos cálculos originales llegando a la
conclusión que, para toda la biosfera, el valor -la mayor parte del cual está
fuera del mercado- varía en el rango de USD 16 billones a 54 billones por año,
con un promedio de USD 33 billones por año. Tómese en cuanta que, para el
momento de la estimación, el total del producto nacional bruto mundial era de
alrededor de 18 billones de dólares estadounidenses al año.
En 2014, Costanza,[18] publicó
un nuevo documento con datos actualizados de su trabajo de 1997, donde la estimación del total de
servicios ecosistémicos globales en 2011 alcanzaba USD 125 billones/año
(suponiendo valores unitarios actualizados y cambios en las áreas del bioma) y
USD 145 billones/año (suponiendo solo cambios en valores unitarios), ambos en
dólares de 2007. A partir de esto, se estimó la pérdida de servicios ecológicos
entre 1997 y 2011 debido al cambio de uso de la tierra cuyo valor fue de USD
4,3 billones a 20,2 billones/año, según los valores unitarios que se utilicen.
Un buen ejemplo lo provee
el experimento Biosfera II en el que, en una estructura de
1,27 hectáreas construida entre 1987 y 1991
en Oracle, Arizona (EE. UU.) por Space Biosphere
Ventures, se intentó recrear un ecosistema artificial cerrado, donde
vivieron ocho personas durante 2 años. El experimento reprodujo regiones de
varios ecosistemas naturales, incluso un océano en miniatura.
A pesar de una inversión
de más de USD 200 millones en el diseño, la construcción y la operación de esta
tierra modelo, se probó que era imposible proveer el material para cubrir las
necesidades físicas de los ocho voluntarios, los que, pese a sus heroicos
esfuerzos, debieron enfrentar, entre otros problemas: una concentración de O2
del 14 % (equivalente a la encontrada naturalmente a 5400 m de altura);
altísimas concentraciones de CO2 y óxido nitroso capaces de producir un
irreversible deterioro del cerebro; muy alto nivel de extinción en vertebrados
incluidos en el experimento (se extinguieron 17 de las 23 especies recluidas) y
de todos los insectos y otros agentes polinizadores, lo cual llevaba a esperar
la segura extinción de la flora prevista en el recinto y un crecimiento
agresivo de algas, explosión demográfica de hormigas y cucarachas.
El costo de la
experiencia alcanzó USD 34.500 por persona y por día. Frente a ello, Biosfera
I, el planeta Tierra, realiza esta tarea diariamente a ningún costo
monetario para los 8000 millones que lo habitamos. Solo al costo de Biosfera II,
significaría la cifra total de: USD 280.000.000.000.000 diarios. Lo que nos
está diciendo que la naturaleza no puede ser fácilmente reemplazada, ni aún a
los más altos costos económicos imaginables.
Al analizar los problemas
de las funciones de producción que ignoran el capital natural, Herman Daly,
[19] afirma
que: El hecho de tener dos o tres veces más sierras y martillos no nos
permite construir una casa con la mitad de madera. En todo caso…el
capital natural y el artificial son complementarios y sólo son marginalmente
sustituibles entre sí.
Economía: una ciencia que ignora las leyes
de la termodinámica y la ecología
La
ciencia económica se forjó en el paradigma mecanicista es decir para fenómenos
atemporales, sin tener en cuenta los descubrimientos científicos de Carnot,
Clausius y Darwin que introducen un concepto central: la irrevocabilidad.
La teoría económica no ha incorporado la revolución de la termodinámica y de la
biología; y sigue viviendo como a principios del siglo XIX, muy alejada de la
definición de Georgescu-Roegen,[20] para
quien: …la economía es una ciencia que se ocupa de la especie humana que
vive en sociedad dentro de un ambiente finito, o no es nada.
Con un escaso o nulo
diálogo interdisciplinario, ignorando o prefiriendo ignorar los principales
desarrollos de las diversas escuelas de pensamiento o los avances registrados
en las ciencias sociales y en las biológicas, particularmente los enormes avances
en la física, el surgimiento de la bioeconomía/economía ecológica y de la
Ecología Política; los economistas de la corriente principal continúan
tercamente aferrados a axiomas que han sido absolutamente refutados por los
hechos.[21]
La economía es una teoría
que se contrapone con la segunda ley de la termodinámica y, en consecuencia,
parafraseando a Arthur Eddington,[22] podemos
afirmar que…no hay nada que pueda hacerse por ella sino sumirla en la
humillación más profunda.
Solo la ignorancia de
leyes básicas de la termodinámica y de la ecología, puede llevar a imaginar que
es posible un crecimiento y una prosperidad eterna basada en el agotamiento del
capital natural.
Fue Nicholas Georgescu-Roegen
-el padre de la bioeconomía- uno de los primeros economistas en llamar la
atención sobre la importancia que tienen la ecología y la energía en la
economía. En su obra "The Entropy Law and the Economic Process"
(1971), Georgescu-Roegen argumenta que la economía convencional se basa en una
comprensión inadecuada de los principios fundamentales de la física y la
termodinámica. Según él, la economía convencional trata los recursos naturales
como si fueran infinitos y renovables, lo que es inconsistente con la finitud
del planeta que habitamos.
Georgescu-Roegen
argumenta que la energía es el factor limitante fundamental en la economía, y
que el uso de la energía tiene un impacto irreversible en el ambiente. La
producción económica, según él, es un proceso irreversiblemente entropizante,
que transforma los recursos naturales en productos útiles y desechos inútiles.
A medida que aumenta la entropía en el sistema, se vuelve cada vez más difícil
y costoso extraer y procesar los recursos restantes. Según él, el crecimiento
económico sostenible solo es posible si se tiene en cuenta el uso de la energía
y la entropía en la producción económica.
Además, Georgescu-Roegen
criticó la falta de atención de la economía convencional hacia la biodiversidad
y la complejidad de los ecosistemas naturales. Argumentó que la economía
convencional tiende a simplificar en exceso la complejidad de los sistemas naturales,
lo que puede llevar a decisiones económicas que tienen efectos negativos a
largo plazo sobre la biodiversidad y la estabilidad de los ecosistemas.
En "Energy and
Economic Myths" (1976), Georgescu-Roegen siguió desarrollando su
crítica de la economía convencional, argumentando que los economistas necesitan
una comprensión más profunda de los principios de la termodinámica y la
ecología para desarrollar una teoría económica verdaderamente sostenible.
Las ideas de Adam Smith
condujeron a los economistas a considerar que, a través de la inversión, la
mayor productividad y la acumulación de riqueza individual es como la sociedad
logra un proceso de continua mejora; que el progreso es inevitable; que la mejora
de la sociedad es equivalente a la producción de riqueza material; y que la
producción de bienes constituye el centro de la economía. No obstante, la
aceptación general de estas ideas, la economía clásica encierra un fallo
fundamental (al igual que los sistemas modernos derivados de ella, la economía
marxista, la del bienestar, la keynesiana y la neoliberal). Todas ellas ignoran
el problema del agotamiento de los recursos y la pérdida de los servicios
ambientales, estos últimos de un valor superior al de los propios recursos
naturales, en tanto no solo son los que hacen posible la actividad económica
sino la vida misma.
Desafiando toda lógica,
el mainstream económico asume que:
- los
recursos, en lo que se refiere a materiales y energía, son inagotables,
- el
crecimiento en el nivel global de la economía puede continuar eternamente,
y
- la
sustitución de un material o una forma de energía por otra puede continuar
indefinidamente aun cuando en la realidad las reservas totales sean
limitadas.
Es este último supuesto
en el que se apoyan con el objeto de sostener las inconsistencias de sus
planteos: el supuesto de la sustitución sin fin entre las diferentes formas
de capital.[23]
Los economistas de la
corriente principal muestran tener una imagen simplista y errónea del mundo, al
que consideran una colección de cosas independientes que pueden ser medidas y
tratadas como si fueran intercambiables. Esta imagen del mundo no tiene en cuenta
la interdependencia y la complejidad de los sistemas ecológicos, sociales y
económicos, lo que lleva a una comprensión limitada e inadecuada de la
realidad. Es así como se manifiesta el error fundamental del pensamiento
económico: la falta de reconocimiento de la dependencia de la economía humana
respecto de los recursos naturales y de los servicios ambientales que soportan
toda la vida sobre el Planeta y protegen la salud.
Para fundamentar su
ideología crecimientista los economistas han generado una visión de una
naturaleza infinita en su capacidad de alimentar un infinito crecimiento, el
que no tendría sustento alguno si se viera al mundo tal cual es.
Giorgio Mosangini afirma
que:[24]
…el crecimiento conduce a un sistema de valoración
exclusivamente monetario y la mercantilización de todas las esferas de la
vida. Algo existe sólo si se intercambia
por dinero [...] La ideología crecimientista busca incorporar la producción y
el intercambio de todos los bienes y servicio a la lógica mercantil. Para
seguir creciendo, cada vez más bienes y servicios tienen que intercambiarse por
dinero.
La crítica al flujo circular de la renta
Para los economistas la
economía funciona, no solo como si fuera un sistema cerrado sino también, como
si en tal sistema se pudiera volver al momento inicial sin dejar huella, lo
cual se traduce en el modelo de flujo circular de la renta, un
equivalente a nuestro sistema circulatorio.
De esta manera, el
proceso de producción económica adopta la forma de un diagrama de flujo
circular reversible, en un movimiento pendular entre producción y consumo,
entre el hogar y la empresa, todo ello dentro de un sistema completamente
cerrado.
Esta interpretación del Flujo
Circular de la Producción Económica no resulta apta para interpretar una
situación en la que la economía funciona de una manera asimilable al sistema
digestivo con las etapas de extracción, producción, distribución, consumo y
disposición.
Frente a esta realidad,
Colby (1990) propone un modelo de economía biofísica abierta en el que los
recursos biofísicos (los ciclos de la energía, materia, y de los procesos
ecológicos) fluyen desde el ecosistema a la economía y la energía degradada y
otros subproductos como la polución revierten al ecosistema.
Mecanismos económicos subyacentes en los problemas
ambientales
Entre los principios del
paradigma económico dominante que han tenido graves consecuencias para el
ambiente se destaca la idea de asignar valor económico solo a lo escaso, idea que
ha generado el principio de la escasez por el cual la demanda de los
individuos en cuanto a bienes siempre debe superar la oferta disponible de
estos.
De esta manera surge la “Ideología de la escasez” que incluye en su
modelación de la realidad sólo lo escaso, excluye de la realidad lo no escaso,
y genera amplias zonas de invisibilidad, con lo cual el accionar de la economía
ha sido colonizar lo abundante, transformándolo en escaso y haciéndolo
económicamente visible
Como lo afirma Colby
(1990) una gran paradoja del pensamiento económico es que: el valor se
genera creando escasez; degradando los recursos se aumenta su valor medible.
Esta paradoja conduce a la teoría del valor de intercambio por la que se
considera que solo los recursos escasos deben ser usados eficientemente,
condenando así a los recursos no escasos a llegar a serlo, transformando a la
economía en un motor de insostenibilidad.
La mano invisible y el fundamentalismo de mercado
Adam
Smith, en su obra "La riqueza de las naciones" (1776), introduce la
metáfora de la “mano invisible” del mercado cuando menciona que: "una mano
invisible conduce a la riqueza" o que: "una mano invisible les da a
todos la mejor distribución posible de los bienes y servicios". Esta idea
ha sido objeto de diversas críticas que destacan sus limitaciones y sugieren
que los mercados no siempre funcionan de manera eficiente por sí mismos,
especialmente en situaciones donde existen externalidades, bienes públicos,
costos de transacción significativos, competencia imperfecta o asimetría de
información. En tales casos, se requiere intervención y regulación para
garantizar resultados más equitativos y eficientes.
Cuando la confianza en el mercado se
transforma en una exigencia intransigente de sometimiento a la creencia de que
el mercado es la respuesta a cualquier pregunta o en la creencia en un “modelo
económico único” que debe aplicarse a toda circunstancia y a todo el mundo, la
ciencia deja su lugar al fundamentalismo. Como bien Bardi (2011), la mayoría de
los modelos empleados por los economistas de la corriente principal no parecen
estar funcionando muy bien. A veces, los economistas parecen estar todavía pensando
en la "mano invisible", una idea tan anticuada como la de ángeles
empujando planetas.
En septiembre del 93, en New
York Times Review, Heilbroner reflexiona sobre las maneras en las que
opera el mercado y como los mercados libres no siempre conllevan el mejor de
los resultados, afirmando que:
Como el mercado es un instrumento
social, no puede ser completamente «libre». Todos los mercados se basan en
leyes que establecen límites, restricciones y señales de Prohibido Pasar. El
sistema de mercado no es una licencia para que cada propietario haga lo que
quiera con su propiedad, ni para hacer negocios que sean exitosos por cualquier
medio. La única industria que no reconoce límites o reglas es el narcotráfico,
en la que el mercado actúa de acuerdo con lo que Thomas Hobbes llamaba la
guerra contra el otro y describía la vida en esas condiciones como detestable,
brutal y corta […] Tal como los economistas nunca se cansan de decirnos, el
mercado es un medio maravilloso para coordinar las actividades económicas, pero
tal como nos dicen con menos frecuencia, compra sus triunfos al precio del
descuido social e incluso de la destrucción. Descuido, porque el mercado tiene
buen oído para las necesidades privadas, pero es sordo a las necesidades
públicas; la destrucción ocasional, porque el mercado no tiene manera de juzgar
las consecuencias de su sordera. Así el mercado nos brinda magníficas
metrópolis cuyo aire no se puede respirar, un menú de entretenimientos por
televisión preparados para el mínimo común denominador de nuestra cultura, una
distribución de ingresos según ocupaciones y escalas que violentan nuestro
sentido de la dignidad.
Mercadolatría y fundamentalismo de mercado
Pese a lo disparatada, tal idea se
fue transformando en una actitud fundamentalista, en una exigencia
intransigente de sometimiento al mercado y en la creencia en un modelo
económico único aplicado a toda circunstancia y a todo el mundo;
particularmente a partir de las décadas de 1980 y 1990 cuando las corrientes
neoliberales motivaron profundas transformaciones en las matrices culturales y
políticas, conduciendo a la actual reorganización economicista de la vida.
Para estas corrientes de pensamiento
económico, el mercado es el escenario social perfecto, en el que imaginan que
los individuos, atendiendo a sus intereses particulares, están en realidad
atendiendo a los fines colectivos, de allí que piensen en que las interacciones
sociales no son otra cosa que relaciones de mercado y que la sociedad, antes
que una categoría con características propias es un agregado de personas
distintas, cada una atendiendo sus propios fines. Ejercen una defensa a
ultranza de la libre competencia, la minimización de la intervención del Estado
en la economía y la propiedad privada. Para ellos, el mercado es capaz de
autorregularse y asumen a la competencia entre las empresas como la mejor forma
de promover la innovación, la eficiencia y la reducción de costos, con lo cual
imaginan que así se beneficia a los consumidores y a la sociedad en general.
Proponen al mercado como si fuera capaz de llevar a cabo un reparto
justo y racional de los recursos naturales y los servicios ambientales entre
individuos, naciones y generaciones.
No obstante, la globalización de las
crisis ecosociales, tales como: la crisis del modelo energético fosilista, el
cambio climático antropogénico, la pérdida de los componentes de la diversidad
biológica y la imparable concentración de la riqueza, abren serios
interrogantes sobre las supuestas bondades del libre mercado, como así también
sobre las propuestas que, con mayor o menor estatismo, no logran desprenderse
de sus escorias productivistas.
Economía y economistas: el triunfo de la ideología
sobre la ciencia
El economista australiano
Steve Keen advertía que estudiantes, graduados y posgraduados en economía
estaban siendo formados con una comprensión vacua de la disciplina destacando
que una minoría de estos estudiantes mal informados se convierten en
economistas académicos y perpetúan este proceso de ignorancia. Por su parte, el
Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz sostenía que la forma en que se enseña
la economía es un testimonio del triunfo de la ideología sobre la ciencia.
Más allá de las
excepciones que confirman la regla, este proceso de ideologización ha llevado a
uniformar ciertos comportamientos entre los economistas de la corriente
principal e incluso entre algunos heterodoxos, como los seguidores de la
Escuela Austriaca de Economía y los anarcocapitalistas los que, pese a sus
diferencias, suelen mostrar un marcado déficit en comunicación
interdisciplinaria, una fijación con modelos matemáticos, una visión
fragmentada de la realidad y una desconexión con el mundo real que los conduce
a encerrarse en una burbuja académica, sin interactuar ni colaborar con
profesionales que trabajan en el terreno o con datos reales. Es así como
reducen la realidad social a sus componentes más simples y tienen una visión
muy limitada del comportamiento humano.
Frente a todo lo
anterior, resulta oportuno recordar la definición de economía de Nicholas
Georgescu-Roegen: "La economía es una ciencia que se ocupa de la especie
humana que vive en sociedad dentro de un ambiente finito, o no es nada".
Lamentablemente, en la actualidad efectivamente asistimos al triunfo de la
ideología sobre la ciencia, lo cual ha conducido a la economía y a los
economistas a alejarse cada vez más de los verdaderos objetivos de las ciencias
económicas.
Homo economicus
En "Investigaciones sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones", Adam
Smith explicaba el crecimiento económico como clave del bienestar social.
Sostenía que, como fruto de la propensión a intercambiar, que es exclusiva del
ser humano, la creación de riqueza y la acumulación de capital conduce a la
división del trabajo. Esta, junto con la empatía con el egoísmo del otro -
“dame lo que necesito y tendrás lo que deseas”- potencian el crecimiento
económico clave del bienestar social. Para Smith los individuos que actúan en
su propio interés –como productores o consumidores- persiguen el aumento de su
riqueza. Regulados por la competencia, producen el resultado más beneficioso
para el conjunto de la sociedad. Así, el agente económico emerge como un
individuo racional que busca optimizar su utilidad o satisfacción con un
esfuerzo mínimo, dentro de su estructura de restricciones: el Homo
economicus
El filósofo español Ramón
Alcoberro (2009), discute este concepto y su caracterización. Para él, se trata
de:
Una abstracción conceptual o, mejor, un modelo y una
previsión que hace la ciencia económica sobre el modelo de comportamiento
humano perfectamente racional, que es definido por tres características
básicas: el «homo economicus» se presenta como “maximizador” de sus opciones,
racional en sus decisiones y egoísta en su comportamiento. La racionalidad de
la teoría económica descansa sobre la existencia y las “virtudes” calculadoras
de ese individuo, que actúa en forma hiper-racional a la hora de escoger entre
las diversas posibilidades. (Alcoberro, 2009)
La pregunta, cuya
respuesta queda abierta, es de qué forma estas cualidades reunidas por el homo
economicus serían compatibles con la preocupación por el bien común, es
decir por el cuidado, protección y conservación de la ecosfera.
Tal como lo sostenía Gorz,
[25] el homo economicus, ese individuo abstracto
sobre el que se fundamentan los razonamientos económicos de la corriente
principal de la economía:
…tiene la característica de no consumir lo que produce
y no producir lo que consume. Por consiguiente, nunca se plantea cuestiones
tales como la calidad, la utilidad, la satisfacción, la belleza, la felicidad,
la libertad y la moral, sino únicamente cuestiones como el valor de cambio, el
flujo, los volúmenes cuantitativos y el equilibrio global.
¿Economía o Crematística?
Quinientos años antes de nuestra
era, Tales de Mileto introduce el término crematística (del griego khrema,
la riqueza, la posesión) definido como el arte de hacerse rico, de adquirir
riquezas. Ciento cincuenta años más tarde, Aristóteles retoma el concepto de
Tales de Mileto al considerar que la crematística es la acumulación de dinero
por dinero y que es una actividad contra natura que deshumaniza a aquellos que
a ella se libran. En su obra Política, señala la diferencia fundamental entre
economía y crematística al considerar a la primera como la administración de
los bienes necesarios y a la segunda como una forma de adquisición que no
conoce límites ni de riquezas ni de medios para obtenerla. Para Aristóteles,
una cosa es economía y otra muy diferente el arte de hacer dinero.
La economía de la corriente principal, particularmente la financiera, hoy
se asimila mucho más a la crematística que a la ciencia económica.
El paradigma de la economía de frontera y sus
Limitaciones
La
economía de la corriente principal es una economía de frontera, [26] un modelo
basado en considerar a la naturaleza como una fuente de suministros infinita de
recursos físicos a ser utilizados para el beneficio de la humanidad, y como un
infinito sumidero de los subproductos del desarrollo y del consumo de esos
beneficios, en la forma de varios tipos de polución y de degradación ecológica.
Esta interpretación de la
realidad tiene una alta dosis de voluntarismo. Deposita toda su fe en el
progreso de la capacidad del hombre para solucionar, ciencia y técnica
mediante, cualquier emergencia derivada del agotamiento de la supuesta
capacidad infinita de la naturaleza. Así las cosas, solamente el trabajo y el
capital creado por el hombre, son los factores limitantes primarios en el
proceso de producción. La naturaleza existe para beneficio del hombre y en un
enfoque Baconiano, puede por lo tanto ser explotada, manipulada, explorada,
modificada y hasta “torturada” para revelar sus verdades, engañada en todas las
formas posibles con el objetivo único, final y último de mejorar la calidad de
vida humana.
Se trata de una visión
“antropocéntrica” respecto de las relaciones sociedad-naturaleza. Visión que
resulta común en este campo, tanto a las relativamente descentralizadas
economías capitalistas, como a las centralmente planificadas economías
socialistas. Pese a sus profundas diferencias, ambas tienen la visión de un
crecimiento económico y un progreso humano infinitos.
El desarrollo alcanzado
por las naciones industrializadas se basó en el paradigma de la economía de
frontera y se ha convertido en el modelo a imitar por los países en
desarrollo, sin advertir que este modelo conlleva “efectos ocultos”, en cuanto
al agotamiento de los recursos naturales y el deterioro ecosférico.
El problema fundamental
del paradigma de la economía de frontera es la falta de reconocimiento
de la dependencia básica de la economía humana sobre un vasto campo de recursos
biológicos y físicos, para obtener materiales, energía y alimentos. Y aún más
básico, el reconocimiento de los procesos de interdependencia (servicios de los
ecosistemas tales como: los ciclos del agua y nutrientes, el filtrado del agua
y aire, la regulación del clima y de los gases atmosféricos) que soportan toda
la vida sobre el Planeta y protegen la salud.
El
paradigma de la Protección Ambiental: Un parche insuficiente
En
la década de 1960 la percepción respecto de la problemática ambiental se
concentró en la “polución”, como el principal problema a resolver, en tanto
resultaba el primer claro síntoma de deterioro ambiental originado en el
acelerado proceso de industrialización. Es en el mundo industrializado que,
ante el fallo de la economía de frontera para dar respuesta a estos problemas,
comienza a ver la luz un nuevo paradigma: la protección ambiental.
Considerando que existe
una contradicción entre economía y ecología, entre calidad ambiental y
crecimiento económico, este nuevo paradigma propone economizar la ecología. Su
objetivo central es el de mitigar las inevitables consecuencias ambientalmente
perjudiciales de las actividades económicas y en consecuencia propone agregar a
los clásicos criterios de evaluación de proyectos una “evaluación del impacto
ambiental” del proyecto mismo.
Nace así un modelo de
interpretación de la realidad que resulta afín al paradigma dominante pero que,
a poco de andar, comienza a ser visualizado como un “estorbo” en tanto las
evaluaciones de impacto ambiental se efectuaban cuando el proyecto se había consolidado
o aun cuando ya estaba en ejecución y por lo tanto siempre resultaban
“antipáticas”. Según Colby (1990) este paradigma se puede sintetizar
en pocas palabras: el negocio de siempre, más una planta de tratamiento.
[1] Pigem, J. (2007). La hora del decrecimiento. Publicado
en Cultura/s (La Vanguardia), 4 de abril de 2007, págs. 2-3. Documento
electrónico: https://cursolimitescrecimiento.files.wordpress.com/2011/09/pigem-la-hora-del-decrecimiento.pdf
[2] 350 años antes de nuestra era
Aristóteles (384 a. C. - 322 a. C) hablaba de una actividad diferente de la
economía, que consistía en la acumulación de dinero por dinero, una actividad
contra natura que deshumanizaba a aquellos que a ella se libraban. A esa
actividad la identificó -empleando el término que Tales de Mileto había
propuesto un siglo y medio antes- como crematística (del griego khrema, la riqueza, la posesión) definido como
el arte de hacerse rico, de adquirir riquezas. En su obra Política, señala la diferencia fundamental entre
economía y crematística al considerar a la primera como la administración de
los bienes necesarios y a la segunda como una forma de adquisición que no
conoce límites ni de riquezas ni de medios para obtenerla. Para Aristóteles,
una cosa es economía y otra muy diferente el arte de hacer dinero.
[3] Hanson, J. (2001). “Five
fundamental errors, The Long Version”, documento electrónico: https://jayhanson.org/page241.htm
[4]
Discurso de Robert Kennedy en la Universidad de Kansas el 18 de marzo de 1968.
[5]
Riechmann, J. (2011). “Frente al abismo”, Papeles de relaciones ecosociales y
cambio global 115: 27-48
[6]
Naredo, J.M. (1987, 1996, 2ª ed. actualizada) La economía en evolución.
Historia y perspectivas de las categorías básicas del pensamiento económico,
Madrid, Siglo XXI.
[7]
Naredo, J. M. (2002). “Economía y sostenibilidad: la economía ecológica en
perspectiva”. POLIS Revista Latinoamericana, documento electrónico: https://journals.openedition.org/polis/7917#:~:text=Como%20contraposici%C3%B3n%20a%20las%20operaciones%20que%20llevan%20a,residuos%20que%2C%20por%20definici%C3%B3n%2C%20han%20perdido%20su%20valor.
[8] Colby, M. E. (1990) “Environmental
management in development: the evolution of paradigms”, World Bank
Discussion Papers Nº 80, Washington, D.C., World Bank.
[9] ¿Cómo se mantiene este sistema que produce deudas crecientes que no pueden ser devueltas? Con la estrategia de patear para adelante: el sistema toma prestado contra el futuro sobre la base del crecimiento continuo. Quienes han recibido los préstamos prometen que devolverán las deudas sobre la base de la riqueza generada por el crecimiento futuro.
[10] Bartlett, A. (1998) Arithmetic,
Population, and Energy. Minnesotans For Sustainability.
[11]
Si, por ejemplo, tal crecimiento fuera de un 5% anual, podemos calcular el
tiempo necesario para alcanzar un 100% de crecimiento, es decir, duplicar el
tamaño inicial de lo que está creciendo a una tasa del 5% anual. Ese tiempo de
duplicación se calcula dividiendo 70 por el porcentaje de crecimiento por
unidad de tiempo. En nuestro ejemplo de 5% anual, el tiempo de duplicación será
de 14 años (70 es aproximadamente 100 multiplicado por el logaritmo natural de
2. Pero, si quisieran saber el tiempo que, por ejemplo, toma triplicarlo se
usaría el logaritmo natural de 3).
[12]
Para una mayor comprensión de las dinámicas exponenciales se sugiere la lectura
del cuento corto de Carl Sagan: "The Persian Chessboard" (El
Ajedrez Persa), incluido en la colección de historias "The Dragons of
Eden" (Los Dragones del Edén), publicado por primera vez en 1977 por Random
House. También se incluyó este cuento en la edición en español de la
colección: "Los dragones del Edén: Especulaciones sobre la evolución de
la inteligencia humana", publicado por Editorial Crítica en 1980.
[13]
Mosangini, G. Ante un mundo imposible: decrecimiento– Col·lectiu
d'Estudis sobre Cooperació i Desenvolupament
[14] Lebow; V. (1955). The Real
Meaning of Consumer Demand. Journal of Retailing
[15] Laszlo (2004) op.cit.
[16] Solow, R. M. (1974). “Intergenerational
equity and exhaustible resources” The Review of Economic Studies 41,
no. 5: 29-45.
[17] Costanza, R. (1997) The Value of
the World’s Ecosystem Services and Natural Capital. Nature, 387, 253-260. https://doi.org/10.1038/387253a0
[18] Costanza, R. et al (2014). Changes
in the global value of ecosystem services, Global Environmental Change, Volume
26, May 2014, Pages 152-158
[19]
“Criterios operativos para el desarrollo sostenible” Un
texto de Herman Daly Traducción de Gustau Muñoz
http://www.eumed.net/cursecon/textos/Daly-criterios.htm#6
© 2011 EcoPolítica – Centro de Recursos, Estudios y
Formación sobre Ecología Política
[20] Georgescu-Roegen, N. (1975). Energy
and economic myths. Southern Economic Journal, 41(3),
347-381.
[21] La refutación identifica el momento de las
teorías científicas en el que los hechos, la experiencia, en lugar de
corroborar las hipótesis formuladas las desechan, tal como fuera el caso de la monumental
intervención Estatal para salvar al sistema financiero internacional y a la
banca privada en la crisis 2007/2008, dando por tierra con la teoría de la
“mano invisible”.
[22] Arthur Eddington fue un astrónomo,
físico y matemático inglés que realizó su mayor trabajo en astrofísica,
investigando el movimiento, la estructura interna y la evolución de las
estrellas. También fue el primer expositor de la teoría de la relatividad en el
idioma inglés.
[23]
Solow, Stiglitz y Hartwick postularon que el capital económico puede sustituir
al capital natural, y que sumando a lo anterior las bondades del cambio
tecnológico, se hace posible pensar en una explotación ilimitada de los
recursos naturales. Solow y Stiglitz “demostraron” matemáticamente que el flujo
de recursos usados en la producción puede ser tan pequeña como se desee siempre
que el capital económico sea suficientemente grande, postulando la existencia
de sustitución entre el capital económico y el natural. Es este supuesto el
que, por ejemplo, ha permitido a Robert Solow, en “Intergenerational
equity and exhaustible resources” publicado en 1974 en The Review of
Economic Studies hacer una sorprendente afirmación: El mundo puede
continuar de hecho sin recursos naturales, de manera que el agotamiento de
recursos es una de aquellas cosas que pasan, pero que no es una catástrofe.
[24]
Mosangini, G. (2012). “El decrecimiento como alternativa de futuro”, documento
electrónico: https://issuu.com/unipau/docs/goprgiomosanginipresentacion_univ_pau
[25]
Gorz, A. (2008): Crítica a la razón productivista, Edición de Joaquín
Valdivieso.
[26] Boulding, (1966) op. cit.






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